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Opinión | Mamá está que se sale

Crimen y castigo

Siempre nos queda la conciencia de cada cual

Ayer me rebelé, y me negué a ver el telediario. Sabía que, de principio a fin, íbamos a deleitarnos con Koldo. Salvo que vivas en Marte, ya sabes de qué Koldo hablo. No es que no me interese el tema, aunque me da un poco igual, la verdad. Es que, salvo que yo misma esté en la sala del juicio, y me haya leído hasta el último folio del sumario -te puedes imaginar que no lo pensaba-, toda la información que llega, viene necesariamente filtrada por periodistas, unos más espabilados que otros, que no siempre tienen como misión informar (lo siento por el sacrilegio periodístico), y al final extraes unas conclusiones u otras, según leas El País o El Mundo.

Queremos pensar que la justicia es igual para todos. Y da tranquilidad que entre rejas haya gente de todo pelaje. Pero resulta irónico que, mientras los jueces esperan a escuchar hasta el último testigo, y luego estudian la causa completa antes de dictar sentencia, aquí se despachan tan ricamente, opinando a diestro y siniestro, y jaleando testimonios como quien habla en el bar de la esquina de si el penalti favoreció al Atleti.

Claro, para saber de leyes, primero hay que tener dos dedos de frente, y luego estudiar derecho. No necesariamente en el mismo orden. En cualquier caso, los dos dedos de frente, ayudan algo.

Por casualidad, hace poco le dieron una medalla a Loli, aquella desgraciada a la que condenaron por asesinar a Rocío Wanninkhof, y que era inocente. La pobre tuvo la mala suerte de que le juzgara un tribunal del jurado, integrado por ciudadanos anónimos (que Dios les perdone), más enterados del caso por la revista Pronto que por lo que se veía en el juicio. A la memoria me viene el testimonio de una camarera, que declaró haberla visto «muy nerviosa», y de aquello se dedujo que venía nerviosa porque había matado a la chica. Vamos, una prueba indiscutible a todas luces. En cuanto se supo la verdad, la justicia la libró de la cárcel, ese mismo día. Para ella se queda.

O si no, el caso ‘Arny’: acusaron de vejaciones y prácticas sexuales asquerosas, sobre menores, a un montón de gente conocida. Tuvieron que irse del país, aparte de por quedarse sin trabajo, porque ni andar por la calle podían. Lo mismo: archivado por falta de pruebas. La prensa se olvidó, claro. Ellos no creo que lo olviden jamás. A Jesús Vázquez le quedó la pena de que su madre muriera sin verle declarado inocente.

Crimen y castigo es la historia de un pobre chico ruso que comete un crimen, sin levantar la menor sospecha. Podría seguir su vida, pero su conciencia le martillea hasta el punto de que no es capaz de vivir tranquilo sin confesarlo, ni de perdonarse a sí mismo hasta cumplir condena. Lleva su castigo puesto.

Diga lo que diga el telediario, siempre nos quedará la conciencia de cada cual.

Por lo demás, yo no tengo la menor esperanza de enterarme, de verdad, ni del fondo del asunto puramente judicial, ni de todas las circunstancias que lo rodean y que, como no interesan a los periodistas, nunca las sabremos.

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