Opinión | La Feliz Gobernación
Casandra, la primera fontanera
Los jefes no saben ni deben saber. El trabajo de los fontaneros ha de ser discreto y silencioso

En la mitología griega, Casandra era una de las princesas de Troya.
En los tiempos de la Prehistoria visité por algún motivo junto a otras personas al entonces presidente de la Comunidad, Andrés Hernández Ros, quien nos recibió en su despacho de la sede de su partido, del que era secretario general. En algún momento de la reunión se abrió la puerta casi violentamente y apareció un propio que, recortado en ella y con resuello de ansiedad y excitación, exclamó ahorrándose las buenas tardes: «¡Andrés! Ya hemos pagado las cuotas de los afiliados de la agrupación X y de la agrupación Z. Tienes ganadas las asambleas». El intruso tal vez esperaba que su jefe se levantara de la silla y acudiera a darle las gracias con un abrazo y palmaditas en la espalda. Sin embargo, permaneció sentado y, sin alzar la vista, respondió: «¿A ti nadie te ha dicho que yo no puedo saber esas cosas?». Al que traía la buena nueva se le borró la sonrisa, palideció, se dio media vuelta y desapareció por el pasillo, tan paralizado que se le olvidó cerrar la puerta.
A pesar del tiempo transcurrido tengo muy viva esta escena, que me ha sido muy útil en los años de ejercicio del periodismo político para entender de antemano determinados sucesos. Los jefes no saben ni deben saber. El trabajo de los fontaneros ha de ser discreto y silencioso: saben para qué están y lo que han de hacer, pero no pueden presumir de ello y menos desvelar sus mañas a sus benefiados.
Si lo hacen mal, serán destituidos, y solo ellos sabrán los motivos; si lo hacen bien ni siquiera serán felicitados, pues su labor es formalmente inexistente. Si sus manejos trascienden, será el propio jefe quien los denuncie. Este será aplaudido, mientras el metepatas habrá de marcharse con el rabo entre las piernas o, si sus acciones han ido a mayores, será reclamado por algún juzgado. Si no ha interiorizado la naturaleza de su oficio, cantará, pero nadie le creerá, pues no podrá aportar pruebas de implicaciones en las alturas, y aunque lo haga, serán desestimadas por proceder de alguien desacreditado.
El fontanero sufre el síndrome de Casandra, a quien Apolo, para ligársela, le concedió el don de la profecía, pero cuando constató que ni con esas caía en sus brazos, en vez de retirárselo, la castigó añadiéndole el de la incredibilidad. Casandra iba por la vida contando verdades, pero nadie la creía. Es la patrona de los fontaneros políticos que vemos ahora pulular por los juzgados.
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