Opinión | +Mujeres
Sexualidad femenina y heteropesimismo

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La antropóloga y doctora en sociología Andrea García-Santesmases ha escrito un libro necesario: Un nuevo contrato sexual. Placer y poder en la industria del deseo femenino, que esperamos genere una polémica, necesaria también, sobre las relaciones sexuales que postula el posfeminismo, una corriente hoy hegemónica que pretende que no es necesaria la lucha colectiva de las mujeres allí donde se ha logrado la igualdad formal, sino que cada una podrá alcanzar sus objetivos individualmente. La autora considera con razón que el viejo contrato sexual ha quedado obsoleto, pero que el nuevo contrato sexual posfeminista elude la reflexión feminista sobre el poder y la violencia y considera la sexualidad como una cuestión de mera elección personal sobre lo que cada cual quiera hacer, siempre que haya consentimiento. Pero consentir no es desear. Sin embargo, en la práctica, el empoderamiento sexual de la mujer posfeminista imita las formas patriarcales de la heterosexualidad, pues considera que en ese mimetismo consiste la igualdad. En otro lugar hemos llamado a esto masculinización de las mujeres, el pensamiento ingenuo de que la igualdad consiste en hacer lo mismo que ellos, pues, como decía una joven liberada: «Si ellos lo hacen, por qué yo no».
El auge de la industria de los aparatos sexuales corrió paralela a las revoluciones feministas, y al tiempo que promete satisfacer el deseo femenino presiona el cuerpo de las mujeres hacia modelos androcéntricos y pornográficos: mujer multiorgásmica, disponible y sexy. Una pornografía que cada vez es más violenta y sexista, como nos mostrara Mónica Alaurio en su libro Política sexual de la pornografía (2021). La colonización que esta hace de la experiencia sexual humana se expresa en las declaraciones de algunos gigolós que recoge García-Santesmases: incómodos ante el lenguaje vulgar que emplean las mujeres que les contratan, quienes les solicitan que actúen como un macho empotrador, observan cómo la demanda ha evolucionado desde que comenzaron a ejercer su oficio. Mientras entonces se ponía en el el centro el acompañamiento, afirma uno de ellos, ahora se solicita sexo explícito y rápido. Un cambio que se aprecia sobre todo en clientas en la veintena, que desean cumplir en ese encuentro una fantasía pornográfica. Este es un claro ejemplo de cómo nos encontramos inmersos en la llamada pornificación de la sociedad, siendo la pornografia el primer agente de educación sexual de los niños y jóvenes, por lo que conforma tempranamente su deseo. Como sabemos, y la autora lo comparte, el deseo no es un impulso primario sino que se modela en una sociedad determinada. La actual tiene en la pornografía y en la machosfera un altavoz potente para reproducir la dominación de la mujer y la exaltación del varón-amo. El documental de Louis Theroux, Dentro de la machosfera (2026), muestra la ideología de famosos influencers machistas, con miles de seguidores, que proponen abiertamente la dominación de la mujer casi como si fuese parte de sus propiedades, y aleccionan a otros para que lleguen a ser hombres de verdad como cfeen que lo son ellos. La pulsión identitaria exacerbada en este siglo de incertidumbre hace el resto: demasiados jóvenes quieren imitarles.
García Santesmases entrevista en su trabajo a gigolós, asistentes sexuales, masajistas tántricos y empresarios de la industria del deseo femenino para acercarse a una práctica donde es la mujer quien paga los servicios sexuales del hombre. Pero lejos de que esta experiencia invierta el sujeto de la dominación, lo que demuestra es que la mujer que paga sigue siendo una mujer que necesita ser mirada y deseada, porque gran parte de su placer reside en la validación del varón. En palabras de la autora: Los servicios eróticos para mujeres constituyen un espacio de recreación de género, en el que ellos performan una masculinidad exitosa (sea esta más seductora, más dominante o más cuidadora) que valida la feminidad de las mujeres que los contratan. De esta manera, por lo que se estaría pagando, más que por una práctica sexual concreta con un cuerpo determinado, sería por el placer que reporta encarnar la heteronorma (p.119). Quien guía la acción, marca límites y se mantiene en la posición de saber-poder es el varón, continúa, perpetuando posiciones erotizadas de dominación; el pago solo promete que esa dominación no derivará en violencia.
Es interesante al respecto la reflexión de la autora cuando afirma que buena parte de la demanda de las mujeres de pagar por sexo tiene que ver con la expectativa de relacionarse buscando una mínima seguridad, lo que indica la mediocridad y la violencia que impregna las relaciones heterosexuales habituales, especialmente en el sexo casual, y el temor a la agresión que puede estar implícito en ellas.
Para Santesmases, el nuevo contrato sexual posfeminista es una réplica del contrato sexual que conceptualizó Carole Pateman como la parte oculta, tácita, del contrato social; contrato por el cual los hombres dominaban a las mujeres y estas se dejaban dominar por ellos. Es por esto que el heteropesimismo (ver al respecto Nuestras jóvenes Lisístratas, El País, 19 de marzo 2026) gana terreno entre las mujeres emancipadas, cansadas de educar a los varones, de tolerar su falta de responsabilidad en las tareas domésticas, o su deseo imperioso y pornográfico que las reduce a un objeto sexual en los encuentros de las aplicaciones de citas. Urge crear un nuevo contrato sexual, pues, como afirma la autora: «Revestidas de un cinismo triste, nos animamos a objetualizar a los hombres antes que confiar en la responsabilidad afectiva; a imitar la pauta androcéntrica clásica de la acumulación de parejas sexuales y a banalización del sexo en lugar de preguntarnos cómo querríamos que fuera una sexualidad liberada de la heteronorma; a encontrar fantasías de excitación rápida por la alusión explícita de códigos conocidos en vez de explorar, al menos un poquito, fuera de la casa del amo» (p. 172).
Un nuevo contrato que incluya el cuerpo y el deseo de la mujer; deseo aún inexplorado por fuera de los mandatos patriarcales; deseo que va mucho más allá del mero consentimiento.
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