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Opinión | Boulevard Flandrin

Orillas

Hay un momento en que uno deja de decir las cosas como siempre. No sé en qué báscula ocurre eso ni quién la coloca entre dos personas que se han querido bien, pero desde las palabras que visten la realidad tienen otro peso. Uno ve el nombre en la pantalla y lo mira como un animal prehistórico. Antes se tocaba sin pensar; ahora parece que pudiera romperse. No ha pasado nada grave, y sin embargo la aguja se ha desimantado.

Las grandes desgracias tienen argumentos, y una gramática sobria, se explican solas. Esto no. Sucede un martes sin historia, con una bolsa de naranjas en la mano. El teléfono vibra y uno entiende que hay personas a las que antes llamaba por instinto y a las que ahora necesita justificarse, como si cada llamada tuviera que cruzar un filtro nuevo. Quizá sea por el rollo de la justificación. En el amor se invade mucho y se perdona casi todo. En la amistad empezamos a pedir permiso para entrar donde antes vivíamos. La confianza, que era una casa abierta, cambia de sitio sin avisar. Uno reconoce las ventanas, la luz del pasillo, incluso el timbre, pero no sabe si conserva la llave.

A veces pienso que las amistades no se rompen, se mudan dentro de uno. Me explico. Pasan del salón a un cuarto al fondo donde seguimos entrando sin encender la luz. La memoria no es un trastero. Es una vivienda ocupada por alguien que ya no nos abre, pero cuya respiración seguimos oyendo al otro lado. Repetimos frases sin citar su origen, nos reímos con una risa aprendida hace años, y en ese gesto hay alguien que ya no está del todo y, sin embargo, insiste.

La orilla aparece cuando descubrimos que hablamos con demasiadas precauciones, casi tenemos que mirar el prospecto de nuestras ideas. En el centro, cuando existía y lo habitábamos, todo era más torpe y más verdadero. Se podía llegar tarde, decir mal las cosas, incluso callarse sin que el silencio pareciera una prueba. Ahora cada gesto se traduce solo. Un mensaje breve se convierte en interpretación a la que le falta alguna letra. Una ausencia se examina como si contuviera una intención secreta. A veces una llamada suena a deuda, otras a despedida, y no sabemos si responder arregla algo o termina de romperlo.

Nadie deja de querer de golpe. Eso sería más limpio. Lo que ocurre es más lento y más cruel. Primero dejamos de necesitar al otro como testigo. Luego su risa empieza a sonar lejana. Después descubrimos que ya no nos corrige como antes, o que nos corrige demasiado. Las palabras siguen ahí, pero parecen haber cambiado de dueño. Nuria Labari escribió en La amiga que me dejó que hacer público el duelo por una amiga es casi un gesto revolucionario. Tal vez lo sea porque no sabemos dónde colocar ese dolor. Se queda en una zona imprecisa, sin categoría para el pésame ni violencia para la explicación. Pero ocupa sitio. Se cuela en los gestos pequeños, en ciertas horas, en una frase que uno no se atreve a mandar porque no sabe si pertenece a la ternura o al ridículo. La vida adulta no rompe amistades: las administra hasta volverlas irreconocibles. Una mudanza, un trabajo, una pareja, un hijo, una tristeza que no se sabe contar. También nos alejamos de quienes nos conocen demasiado: su mirada guarda pruebas de una versión nuestra que ya no queremos sostener. Nadie decide. Nadie apaga la luz. Dejamos de pasar a recogernos. Fueron casa, luego camino y ahora son una de nuestras orillas. Y desde ese confín siguen sabiendo quiénes fuimos antes de aprender a explicarnos.

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