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Opinión | Noticias del antropoceno

Nos queda el trabajo menestral

La envidia cuando contemplamos la abundancia de servidores domésticos en una serie latinoamericana es un sentimiento compartido por los espectadores en países como España, en los que tener ayuda en casa resulta un auténtico lujo desde hace años. Ese lujo tiene mucho que ver con las desigualdades que caracterizan a los países menos desarrollados, lo que permite a familias de rentas altas sufragar los magros sueldos de las chicas pobres que ‘tienen que servir’, como rezaba el título de una famosa película española de los 60. De hecho, bajo una denominación más digna que sirvienta, se pueden agrupar la enorme demanda de puestos de trabajo de asistencia personal. Pocas familias con hijos pequeños se pueden permitir el lujo de tener una interna en España, pero la mayoría lo agradecerían. Por no hablar de la gente mayor necesitada de compañía.

En la era de la inteligencia artificial seguimos necesitando a personas de carne y hueso para hacer tantas labores comunes que, de momento y en un futuro cercano, parece difícil que puedan ser reemplazadas por robots. La actual batalla por los robots humanoides, que parece estarse librando entre un par de empresas americanas y los emprendedores chinos, tiene como principal explicación precisamente esa: que queremos algo lo más parecido a nosotros para hacer tareas que suelen hacer seres humanos. A veces me pregunto por qué los bares y restaurantes se empeñan en contratar camareros cuando la logística de pedir, pagar y llevarte el plato de comida a la mesa se resuelve perfectamente sin su intervención, como sucede en las cadenas de comida rápida.

Puede que los oficios menestrales vayan desapareciendo al ser ocupados por robots humanoides inteligentes, pero la experiencia dice que las personas prefieren interactuar con personas, como demuestra de forma la prevalencia de los agentes inmobiliarios a la hora de vender una casa, o la de los abogados para hacer unas consultas legales que cualquier ChatGPT puede responder sin pestañear en un par de segundos. Mi predicción es que tendremos cada vez más robots, pero también más personas en cualquier ámbito del trabajo o de la vida. Es la bendición -o la condena según lo mires- de la superabundancia.

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