Opinión | Pasado a limpio
La palabra esquiva

El escritor mexicano Gonzalo Celorio pronuncia su discurso tras recibir el Premio Cervantes. / EFE / Ballesteros
Gonzalo Celorio recibe el Premio Cervantes de 2026 y declara que su palabra preferida es 'palabra'. Siendo un estudioso de las letras Hispánicas, bien merece leer su discurso para incidir en el valor de la palabra en tiempos de tanta palabrería.
La palabra es, por esencia, el principal instrumento de comunicación. Un anuncio de una cerveza llamó la atención hace años: «Grecia ha dado al mundo más de 12.000 palabras, pero se ha reservado una para ella...» y seguía el nombre de la marca. En una sociedad tan importunada por la publicidad, algunos anuncios muestran la pericia del publicista en el manejo de la palabra. Suelen ser una excepción en un mundo sobrepasado por la mediocridad, el mal estilo y la mala educación.
En el terremoto mediático producido por el atentado presunto contra Donald Trump, la presunta víctima trata de sacar partido para distraer la atención de su metedura de pata en Irán y sus bajos índices de popularidad. Mientras los líderes de todo el mundo condenan el atentado y muestran su repulsa contra la violencia, el norteamericano insulta a una periodista en una entrevista televisiva. En otro momento dice que el atacante es un mal cristiano. Como él se presenta como un nuevo mesías, debe ser que le ha sido concedida la gracia de señalar a los buenos y los malos.
Son los demócratas, al parecer, los culpables de esta auténtica plaga de atentados, pero no el lenguaje, las maneras y los actos violentos que él provoca desde su atalaya mediática de la mismísima Casa Blanca. Quien incitó el asalto al Capitolio, mandó secuestrar a un mandatario extranjero, inició una insensata guerra contraria a las convenciones internacionales y continúa apoyando manifiesta y materialmente el genocidio palestino, no puede culpar a otros de la violencia que él mismo desata.
Entre los mensajes de solidaridad, el del primer ministro israelí no ha defraudado: «No hay lugar para la violencia, ni contra líderes políticos ni contra nadie». Lo dice el individuo que ha desencadenado una campaña de exterminio contra el pueblo palestino, quien ha bombardeado embajadas en países extranjeros, quien ha invadido militarmente el territorio de dos países limítrofes, quien ordena el asesinato de los líderes contrarios en un país mediador cuando se van a celebrar negociaciones para el alto el fuego.
Atizar el fuego y quejarse de las brasas parece ser una práctica muy extendida entre los agitadores profesionales. El ínclito Milei saca a pasear su motosierra, una herramienta muy adecuada para pacificar, y señala a la izquierda como causante de la ola de violencia. Me recuerda aquella teoría del contubernio judeomasónico que tanto se utilizaba en un régimen dictatorial del siglo pasado para señalar a sus presuntos enemigos, interiores o exteriores, supuestos o inventados. Aquel dictador se erigía en el vigía de occidente, última frontera en la defensa de la cristiandad.
Las ideas no cambian, solo las palabras. A veces, la palabra es esquiva, se esconde bajo antiguos significados para ocultar las ambiciones totalitarias de ciertos personajes que se erigen en paladines de la libertad frente al ‘socialcomunismo’ o la ideología woke, pero siguen teniendo el mismo olor rancio del fascismo.
En clave nacional, el disfraz de los abascales pierde consistencia y, como en algunos carnavales, la máscara no puede ocultar la identidad del sujeto. El diputado regional Antonio Martínez Nieto llama al uso de la violencia contra el aborto y la eutanasia. Para qué andar con tonterías como las de Javier Krahe: «dejadme, ay, que yo prefiera la hoguera... la hoguera tiene qué sé yo que sólo lo tiene la hoguera». Mejor la pena capital, el paredón y los cartuchos del pelotón.
Su líder, Santiago Abascal, proclama la prioridad nacional y marca una nueva directriz para su partido. Sabe que su propuesta es inconstitucional, pero agita los miedos atávicos de una sociedad en continuo cambio. Convierte al extranjero en enemigo buscando el rédito electoral. Lo paradójico es señalar esa prioridad para recibir las ayudas sociales quien, por otra parte, quiere suprimirlas.
Se ha topado con la Iglesia, pero no como Don Quijote y Sancho cuando buscaban a Dulcinea del Toboso en la oscuridad de la noche. La iglesia pretende ser universal, por eso se llama católica y difunde un mensaje ecuménico, luego no puede excluir al inmigrante si ha de seguir siendo cristiana. Dad de comer al hambriento está en el ADN de los cristianos, pero no está en la esencia de Vox, que necesita la palabra para venderse y busca argumentos más allá de su sobrada capacidad para la injuria, la calumnia y el insulto. Por eso es tan grave que la derecha supuestamente moderada le compre el discurso, pues quien se proclama constitucionalista no debería prestarse a una discriminación tan evidente ni al uso de la palabra carente de sentido.
Volviendo a Grecia, la palabra es logos, que también significa razón o discurso. El diálogo es el método para encontrar la verdad a través de la palabra, de la razón. Platón nos legó sus diálogos, su personal búsqueda de la sabiduría.
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