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Opinión | Noticias del antropoceno

La decadencia del progresismo

Para proclamar «somos más», Pedro Sánchez tuvo que incluir a partidos que representan lo más acendrado de las burguesías catalana y vasca, cuyo supuesto progresismo ha brillado por su ausencia a lo largo de su historia. (A los escritos racistas de Sabino Arana y las declaraciones xenófobas de Marta Ferrusola me remito). Que un autoproclamado progresista como Sánchez acoja en su feligresía a formaciones de una derecha tan conservadora, evidencia la imparable decadencia de la izquierda. Aunque las consecuencias parecen claras (ninguno de los escasos gobernantes democráticos reunidos en la cumbre de Barcelona tiene grandes posibilidades de repetir cargo) parece que nadie se ha planteado seriamente analizar las causas.

En su versión moderada (la socialdemocracia) las razones de la decadencia de la izquierda progresista parecen estar más en el éxito de sus políticas que en otra cosa. Igual que el reformismo liberal carece ya de entidad política definida gracias a que sus grandes propuestas fueron abrazadas por todo el espectro político democrático, desdibujando así sus perfiles, las causas socialdemócratas han pasado a formar parte del acervo común de la inmensa mayoría social en el mundo desarrollado. Hablo del Estado de Bienestar, que empezó a tomar forma con el canciller Bismarck en la Alemania recién reconstruida como II Reich, y que se extendiendo como la pólvora por el resto de las naciones europeas. Ningún político en su sano juicio se atrevería ahora a cuestionar la sanidad y la educación pública, como nadie discutía antes del siglo XX una policía o un ejército al servicio del Estado.

La reacción del progresismo residual, como el caso de España, es refugiarse en la radicalidad, suplantando las propuestas de los partidos de extrema izquierda, que asisten desconcertados al espectáculo de un PSOE desatado encabezando el antiamericanismo más rancio, el feminismo más delirante, la represión a los propietarios de viviendas o el castigo inmisericorde a los emprendedores. Para rematar la faena, el PSOE se ha apropiado del buenismo tradicional de la izquierda radical en relación con la inmigración, olvidando que los trabajadores (incluso si han llegado al país hace poco) siempre van a desconfiar del que viene de nuevas dispuesto a trabajar por menos dinero.

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