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Opinión | El retrovisor

Comer y cantar

‘La fonda negra’ de Francisco Sánchez Pérez en la calle González Adalid.

‘La fonda negra’ de Francisco Sánchez Pérez en la calle González Adalid. / Archivo TLM

Existió un tiempo en el que se comía poco, pero se comía con alegría. Fue en los años cincuenta, cuando el subdesarrollo y la hambruna que depararon la posguerra y el bloqueo internacional sufrían sus últimos estertores.

La radio era dueña y señora en aquella España sin televisión. Los discos dedicados sonaban en programas de mañana y tarde, compitiendo en popularidad con concursos y lacrimógenos seriales radiofónicos.

Ocurrió cuando las cocinas de los hogares aún no habían descubierto los fogones de butano y las fresqueras chorreaban la grasa de los embutidos y quesos que las habitaban. La figura del tío del hielo era habitual entre los afortunados que disfrutaban en sus cocinas de la nevera ‘Pingüino’.

La radio y su obligado elevador eléctrico sonaba y sonaba junto al crepitar de la fritanga y el hervor de los potajes. El hervido de coliflor triunfaba por aquellos días, inundando con sus efluvios los más recónditos rincones de la casa, mezclándose con el diario hablado de Radio Nacional. Aromas de hogar y ganas de comer, tanto, que incluso la coplas que sonaban en los receptores de radio se hacían eco de aquel zurrir de tripas con canciones tan golosas como "Tengo una vaca lechera, que da leche merengada, tolón, tolón…"

A Pepe Blanco se le hacía la boca agua al interpretar con inusitado sentimiento 'Cocidito madrileño'. La voz insuperable de Antonio Molina, y seguramente sus ganas de comer en sus interminables giras por los pueblos de toda España, cantaba con alegría a varios platos entrañables y nutritivos, incluidos el arroz con habichuelas o con fideos, en un alarde de sibaritismo, cuando interpretaba aquella copla de 'Cocinero, Cocinero'.

Comestibles Rodrigo Menchón en la calle Pintor Villacis.

Comestibles Rodrigo Menchón en la calle Pintor Villacis. / Archivo TLM

Lola Flores se inclinó por las aves de corral con el genio y figura que la distinguían, después de pelar la pava: 'Échale guindas al pavo', que llegó a ser una copla que llenaba las ollas vacías de ‘chicha’. Su hija Lolita, siguiendo sus pasos y ya en tiempos de exceso de grasas y de condumio, prefirió, en 'Sarandonga', mencionar el arroz y bacalao, olvidando en su letra que la noche antes de su consumo hay que ponerlo a remojo.

Mi admirado Joselito, al que los jerseys siempre le estaban pequeños, de la mano de Manolo Zarzo, también contribuyó a apaciguar con bocadillos de sardinas los jugos gástricos de muchos, con coplas y películas, escenas en las que el pan era igualmente protagonista, sopándolo en la leche en el desayuno o en meriendas con pan, aceite y azúcar.

Los críos de la época escuchaban estas deliciosas canciones tan españolas leyendo variadas aventuras en los tebeos, admirando el apetito insaciable de sus héroes, que, como Carpanta se paseaba en las viñetas de 'Pulgarcito' con un jamón en la mano. Goliath, el amigo inseparable del Capitán Trueno y su gula voraz les entretenía cuando devoraba chuletones de Ávila en sus mil aventuras a lo largo y ancho de este mundo.

Juan Sánchez-Pedreño Martínez de Ultramarinos Finos ‘Pedreño’ en la calle Platería.

Juan Sánchez-Pedreño Martínez de Ultramarinos Finos ‘Pedreño’ en la calle Platería. / Archivo TLM

Entonces se comía poco, pero sano, y las abuelas con su amor desmedido hacia sus descendientes abusaban del azucarero, del chocolate, de la miel y, en casos excepcionales, de la mortadela. Por aquel entonces, el arroz y pollo era el rey de los domingos; ya llegaría Georgie Dann con sus lamentables canciones estivales como 'El Chiringuito' y La 'Barbacoa', canciones sin sustancia, sin sal…

En estos tiempos modernos, tan progresistas ellos, y a la vista de los precios de la cesta de la compra, la alimentación vuelve a ser escasa, sobre todo en carne y pescado, aunque el divino Julio Iglesias interprete canciones en las que 'El bacalao' vuelve a ser protagonista.

Días de prohibiciones que no permiten el gallinero propio en el terrado, como antaño, en aras de la defensa animal. Es la hora de pizzas y hamburguesas sin cantos que las alaben, cuando la copla pasó a mejor vida y las mozas de servir dejaron de tararear las deliciosas canciones que hablaban del arroz con habichuelas, las lentejas o una ristra de morcillas, mientras golpeaban con sus enérgicos brazos la colada sobre la pila.

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