Opinión | Salud y rock and roll
Arqueología doméstica

Armario a rebosar de ropa y otros objetos. / B. U.
Hace unos días tuve una brillante idea; horas después entré en un agujero negro del que espero salir hoy, o esa es mi apuesta. Abrí la puerta del trastero y, desde entonces, vivo entre cajas y montones de ropa. No negaré que durante estos días atrás la frase de "confía en el proceso" a veces no ha funcionado, y por momentos quería rendirme. Pero he resistido con calma, sin culpabilidad ni remordimientos. Esta vez no es el típico cambio de armario en el que solo mueves el polvo de sitio y cambias la ropa de invierno por la de verano. Esta vez he decidido que mi casa no puede ser un museo de grandes éxitos y fracasos estéticos.
No sé si os pasa, pero durante años he guardado de todo bajo la premisa del "por si acaso": por si acaso me invitan a una fiesta temática de los años 80; por si acaso el mundo se acaba y mi única moneda de cambio son entradas de conciertos de grupos que ya se han separado; por si acaso guardo ropa de cuando tenía 18 años, o esas camisetas que no me he puesto nunca, pero ¿y si este año es el año...?
Me ha costado desprenderme de objetos y ropa que son básicamente basura con sentimientos, pero he dicho "basta". A lo largo de mi vida adulta he hecho mudanzas que eran el filtro perfecto para soltar lastre. Pero esta vez no hay furgoneta en la puerta ni nuevo destino. Me quedo aquí, pero quiero que mi casa deje de escupir ropa de los armarios que no puedo cerrar y dejar de acumular mierda en los cajones que nunca voy a abrir hasta que tenga que buscar el pasaporte. Porque este agujero negro de trastos es cruel, me pone delante recuerdos en forma de vestidos y, sin darme cuenta, estoy mentalmente en el verano del 98 en Mojácar. Por eso en estas misiones la improvisación es el enemigo. Si entras al trastero sin un plan, acabas sentada en el suelo leyendo cartas de amor de un ex que ya tiene hijos o intentando descifrar qué cable pertenece a móviles del siglo pasado que, "por si acaso", aún guardo.
Mi estrategia ha sido clara: cajas transparentes. Así, el impacto visual te prepara para el horror. El primer paso es fácil: decir adiós a los jerséis de lana mientras hace un sol de justicia que invita a la extinción. Te despides de los abrigos con la alegría de quien se quita una mochila de piedras. El problema viene cuando llegas a la caja de la playa. La prueba de bikinis es, probablemente, el acto de masoquismo más puro que existe. Ahí estás tú, bajo la luz del vestidor —que siempre parece diseñada por tu peor enemigo—, con un color de piel blanco nuclear que, si me apuras, brillas en la oscuridad como un juguete fluorescente. Te pones de frente, de perfil, para ver si la gravedad ha sido clemente durante este año, e intentas que ese trozo de licra de 2015 tenga un poquito de empatía. Pero no. El bikini no tiene sentimientos y tu cuerpo, a estas alturas, ya no es una democracia, es una anarquía que va por libre. Tras el trauma del espejo, lo mejor es tomar distancia y salir de ahí. Durante unas horas ni te acuerdas de que tu casa es un campo de minas llenas de recuerdos, pero toca volver y seguir, o tirar todo al suelo para meterte en la cama y mañana será otro día. Así llevo una semana, pero la montaña de las cosas que se van crece y esto antes no había sido capaz de hacerlo sola. Lo siento como una gran victoria.
Al final, este ejercicio de arqueología doméstica tiene algo de exorcismo. Miras ese vestido de los 18 años y, por un segundo, hueles el perfume que usabas entonces y la invencibilidad de la juventud. Pero luego te das cuenta de que el recuerdo no vive en la tela, vive en ti. Y que tener el armario a reventar no te hace recuperar el tiempo, solo te quita aire. El desapego no es tan difícil cuando te das cuenta de que la nostalgia pesa un quintal y ocupa demasiado espacio en el altillo. Hoy saldré del agujero negro. Hoy mi casa pesará menos, y yo, milagrosamente, también.
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