Opinión | De dioses y de hombres
Subiendo al Sinaí

Monasterio de Santa Catalina, en el desierto del Sinaí, Egipto. / L.O.
Con el paso de los años se va teniendo, generalmente, la lucidez de asumir que el tiempo es limitado y que no alcanza este para lo mucho que nos gustaría realizar. Tengo la certeza —con toda serenidad— de que no podré viajar a muchos de los lugares con los que soñaba de joven y que ansiaba, apasionadamente, conocer. Asumo, igualmente, los numerosos libros que se apilan en mi lista mental y que, casi con toda seguridad, no llegaré nunca a poder leer. No hay nada malo en esto: el tiempo va restando minutos a nuestras vidas, y su administración, con los años, se vuelve tremendamente valiosa, poderosa y selectiva.
Existen algunos destinos de viaje en el mundo que están a otro nivel, en otra clasificación más exclusiva de los habituales destinos turísticos; siendo casi siempre interesantes estos, por supuesto. Generalmente, no son demasiado visitados y esconden en sus entrañas un misterio de siglos, incluso de milenios. Es cierto que viajar siempre nos enriquece, nos abre la mente e ilumina con nuevas formas de comprender el mundo poliédrico que habitamos. Pero hay lugares en el mundo que han sido modelados por la historia con un mimo y fascinación inauditos. Localizaciones donde lo trascendental, la vida y la muerte, lo real y lo legendario se funden en enclaves monumentales que han definido al hombre y a la historia. Escenarios cuya sola evocación de su nombre despierta una actitud reverencial y asombrada. En esta personal lista están enclaves como el eremítico monte Athos, en Grecia, o la ciudad de Varanasi, en la India; la ciudad viva, por cierto, más antigua del mundo.
Pero les propongo realizar esta semana un viaje a una tierra de desierto; pero también de leche y miel. Un lugar donde las piedras se han levantado, desde tiempo inmemorial, en busca de Dios y su comunicación con los hombres. No en vano, las tres grandes religiones monoteístas han hincado la rodilla entre sus entrañas. Me estoy refiriendo al monasterio de la Transfiguración o de Santa Catalina del Monte Sinaí, en Egipto. Este enclave se alza en un lugar de difícil acceso. Amurallado, aún perdura, como si de un castillo o ciudad medieval se tratase. Hasta no hace demasiadas décadas el acceso se hacía a través de una escala desmontable que lo hacía aún más impenetrable. Un lugar en el que no he estado físicamente, pero al que he viajado en numerosas ocasiones de diferentes formas: no solo a través de vídeos y artículos, sino de la música que sus monjes ortodoxos realizan de forma cotidiana y que, afortunadamente, se puede escuchar más allá de sus muros. Se trata de uno de los monasterios habitados más antiguos del mundo donde se han ido superponiendo diferentes hitos de historia y fe; tanto de Occidente, como de parte de Oriente Medio.
El monasterio de Santa Catalina del Monte Sinaí se levanta en el lugar donde la tradición sitúa la hierofanía de la zarza ardiente a Moisés. Un lugar de especial relevancia para las creencias de judíos, cristianos y musulmanes. Entre los muchos tesoros que guarda el complejo destaca su biblioteca: la más antigua en uso del mundo. Numerosos códices y libros custodiados allí, escritos en viejas y hermosas lenguas, nos ayudan a comprender una parte esencial de la historia de humanidad. De hecho, su biblioteca se considera la más rica del mundo en antiguos códices y manuscritos tras la del Vaticano. Destaca, por excepcional, un documento de protección al monasterio atribuido al mismísimo Mahoma. Santa Catalina del monte Sinaí guarda, así mismo, algunos de los relicarios más antiguos conocidos en la cristiandad, obras datadas entre los siglos IV y V.
En el siglo IX, otro acontecimiento cambiaría el rumbo del histórico cenobio. En una cueva cercana se encontraron las reliquias de Santa Catalina de Alejandría. Y esto fue fundamental; pues convirtió al enclave en un lugar destacado de peregrinación en la época de las cruzadas. La figura de la santa fue especialmente venerada durante los siglos de la Plena Edad Media, encarnando la personificación de la sabiduría sobre la barbarie y la fe inquebrantable frente al poder despótico de los gobernantes. Son muchos los que apuntan que su figura fue la cristianización del personaje histórico de Hipatia de Alejandría. Sea como fuere, su nombre, envuelto en la leyenda más sugerente, colmó el crisol de un monasterio que no en vano fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 2002.
No sé si entre las bondades que aún espero de la vida me aguarda, algún día, pisar este sagrado lugar. Pero les invito a conocer y valorar ese prodigio de piedra donde el arte, la fe y la historia han creado un libro maravilloso. Un libro que, si sabemos leerlo, alumbra nuestro propio presente.
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