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Opinión | Pintando al fresco

Predicando el Mal

Permítanme ustedes hoy que les hable de ‘el Mal’, de esta casi nueva forma de andar por la vida que una significativa cantidad de seres humanos tratan de poner de moda, de extender por el planeta como si de una nueva pandemia se tratara. Los abanderados del Mal tratan de hacer cambiar los principios de vida que normalmente han sido considerados como ‘el Bien’, para llevar a nuestras conciencias hacia un nuevo plan de comportamiento, el del Mal puro y duro. Para ello se valen de la política y también de los medios de comunicación que se lo permiten. Los de esta cuerda no entienden de ética ni de religiones. Todo en su forma de estar en la vida está basado en difundir sus ideas malignas y hacer desaparecer las que eran, hasta hace poco, los cánones de conducta de un ser humano civilizado.

Desde la más absoluta antigüedad, ciertos valores y acciones concretas han sido las señas de identidad de los que poseían sabiduría, nobleza de espíritu, bondad personal. Se han encontrado restos de neandertales que cuidaban hasta su muerte a sus compañeros y a miembros ancianos o heridos de otros grupos que no podían valerse por sí mismos. En toda la filosofía antigua aparecen diseños de vida basados en el enriquecimiento intelectual, en la fraternidad en las relaciones, en el intercambio de conocimientos, en la apertura y el estudio dedicados a ideas ajenas, siempre con la mente abierta a lo que pudiera llegar desde fuera. Y en el pasado más cercano, los valores de las religiones monoteístas han difundido, independientemente de sus diferencias, unos valores comunes de ‘el Bien’ que se convirtieron en nuestra seña de identidad. No respetarlas traía consigo de inmediato el rechazo de la gran masa humana que se movía en la vida con un código de conducta basado en estos principios, apoyándose en lo mantenido y considerado como intrínsecamente bueno.

En estos días que nos corren, el Mal ha aparecido en todo el mundo y está consiguiendo cada día más adeptos. Como cabezas demoniacas de este movimiento aparecen Trump, Netanyahu y Putin a nivel internacional. Son seres que asesinan a inocentes, que se mueven por el afán de hacerse con los bienes de otros seres humanos, de robarles sus riquezas, sus tierras, sus casas, sus vidas. No respetan las leyes que nos rigen. Curiosamente, los tres dicen moverse por un mismo impulso, el de poner en primer lugar a los suyos, a los americanos, a los rusos y a los israelíes, y para ello, Rusia invade Ucrania, Israel invade Gaza y Líbano y Estados Unidos ataca Venezuela, Irán y amenaza a Cuba.

Y, de este Mal, llegan ecos a Europa y, por supuesto a España. Sin saber cómo, se han extendido por nuestro país unas ideas que tratan de tirar por tierra todos los principios éticos y morales por los que nos habíamos movido hasta ahora. Se trata de destruir la fraternidad, de despreciar la bondad, de inculcar el odio al diferente, de predicar la violencia contra los que no comparten tu modo de entender la vida, de despreciar a los que practican ‘el Bien’, de quitarles las ayudas a los que se ocupan de los que no tienen nada, de insultar, de menospreciar, de alejar a los de otra piel, otra religión, a los más débiles. Ellos verían mal que un neandertal se encargara de cuidar a un homo sapiens viejo y herido. Desprecian a los que tratan a los diferentes como a sus iguales, y miran con extrañeza a los que se unen a ellos por amistad o por amor.

Todos los esfuerzos de esta gente están dirigidos a conseguir que nuestras formas de estar en la vida cambien, que ya no seamos fraternos, sino que estemos llenos de mala leche frente a los otros. Quieren que seamos malas personas, como ellos, que olvidemos nuestros principios con los que nos hemos movido siempre, los que nos trasladaron nuestros ancestros, basados en el Bien. Sinceramente confieso que les deseo que todo les salga mal a los del Mal.

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