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Opinión | MISA DE DOCE

Ángel Cruz

Ángel Cruz

Director de la Filmoteca Regional

Respeto

No condenar comportamientos como los ocurridos la semana pasada en Sevilla acaba sirviendo de justificación para quienes no respetan otras culturas ni sus símbolos

Aficionados de la Real Sociedad en la final de la Copa del Rey

Aficionados de la Real Sociedad en la final de la Copa del Rey / Joaquin Corchero / AFP7 / Europa

Suele decirse que uno no puede pedir respeto a los demás si antes no se respeta a sí mismo.

Afirmo esto porque últimamente se nos llena la boca demandando derechos que luego, paradójicamente, no nos aplicamos a nosotros mismos.

Los símbolos importan, o deberían hacerlo, y no podemos permitir que nadie los monopolice ni se los apropie. Portar la bandera constitucional no debería dar lugar a etiquetas ni a descalificaciones, del mismo modo que su vandalización supone una falta de respeto hacia quienes sí se sienten representados por ella.

Para ser sinceros, nunca le he prestado una importancia excesiva a los símbolos y siempre me ha importado más bien poco exteriorizar banderas, himnos y demás parafernalia institucional. Pero últimamente he de reconocer que me toca un poco, solo un poquito, las narices que quienes no los comparten ni se sienten representados por ellos los ultrajen y menosprecien.

Digo esto habida cuenta de los pitidos al himno nacional por parte de los hinchas donostiarras durante la final de la Copa del Rey celebrada en Sevilla el sábado pasado entre el Atlético de Madrid y la Real Sociedad. Un gesto que, lamentablemente, hemos acabado normalizando y convirtiendo en liturgia cada vez que un equipo de una comunidad con un fuerte sentimiento nacionalista alcanza una final de Copa.

Me parece estupendo, lo respeto, y puedo llegar a comprenderlo, que un aficionado txuri‑urdin no se sienta representado por el himno de España y no quiera formar parte del Estado; hasta aquí todo correcto. Pero lo que me resulta profundamente hipócrita es que, afortunadamente, denunciemos y pongamos el grito en el cielo cuando la afición española abucheó el himno egipcio durante el partido que la selección jugó el mes pasado contra Egipto, algo que, por cierto, denuncié enérgicamente en esta columna, mientras hacemos la vista gorda y asumimos como algo normal que se pite y ultraje el himno español.

Miren, no: como bien dice nuestro refranero, o todos moros o todos cristianos.

Desgraciadamente, nos estamos convirtiendo en una sociedad hipócrita que no mide con el mismo rasero comportamientos similares y eso a la larga acaba pasando factura.

No condenar comportamientos como los ocurridos la semana pasada en Sevilla acaba sirviendo de justificación para quienes no respetan otras culturas ni sus símbolos.

El respeto siempre ha sido, y seguirá siendo, la base de una convivencia cívica y pacífica. Por eso es imprescindible que todos, empezando por nosotros mismos, respetemos los símbolos y aquellas señas de identidad que nos definen y nos representan como sociedad.

Me alegro enormemente del triunfo de la Real Sociedad. Sobre todo por Arconada, Roberto López Ufarte, ídolos de la niñez, y por el viejo Atocha.

Confiemos en que, del mismo modo que ocurre con otras ofensas, pitar nuestro himno sea también reconocido como una falta de respeto sancionable. Porque, como recordaba Aretha Franklin, no se trata de gran cosa: solo de un poco de respeto. Aúpa, Reala.

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