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Opinión | Tribuna Libre

Lara Hernández Abellán

Concejal no adscrita del Ayuntamiento de Alcantarilla

El cuento ya no es tan cuento

Una escena de ‘El cuento de la criada’.

Una escena de ‘El cuento de la criada’. / HBO

Hace nada nos habría parecido una locura marginal que en Estados Unidos exista ya una corriente que plantea abolir la Decimonovena Enmienda de su Constitución, ni más ni menos que la que reconoce el derecho al voto de las mujeres. Pero no, no es una broma. Van en serio. Últimamente todo va en serio, por muy locura que nos parezca. Y no se quedan solo ahí. Hablan de que sea el hombre, «como cabeza de familia», quien vote por su mujer. Así, sin más. Como si retroceder un siglo fuese una opción razonable o siquiera cuestionable.

De todo esto, a mí lo que más miedo me da no es solo la idea, sino cómo nos la envuelven en papel celofán con un lazo rosa. Cómo nos hablan de familia, de valores, de orden… incluso de feminismo. Que ahí ya es donde me estalla la cabeza. Porque retuercen tanto las palabras para defenderlo en nombre de la libertad que lo único que consiguen es quedarse con el culo al aire. La libertad que tantos otros defendemos no tiene nada que ver con esto. Nada en absoluto.

¿Hasta dónde creéis que piensan llegar? ¿Cuál será la siguiente «ocurrencia» que nos intentarán colar como razonable? ¿Volver a comprar esclavos? ¿Vendernos al mejor marido?… Si se normaliza retroceder en derechos básicos y se empieza a discutir lo que ya estaba conquistado, la pendiente es muy, pero que muy peligrosa, y ya deberíamos saber cómo acaba la historia cuando se deja avanzar sin freno a según qué ideas.

¿Recordáis El cuento de la criada? Lo veíamos como una advertencia exagerada y ficticia… pues siento decíroslo, pero ya no lo es tanto. Ahora esa misma distopía se nos está colando en conversaciones reales, en discursos políticos, en sermones públicos, en tertulias y hasta en lo que parecen puñeteras profecías que podrían acabar cumpliéndose. Y será que aún tengo reciente la serie, pero no puedo evitar recordar que en esa historia tampoco empezaba todo de golpe, ni las prohibiciones brutales llegaban de un día para otro. Empezaba igual: con una idea de cómo debía ser la mujer y con la nostalgia de un orden que, casualmente, siempre y solo beneficiaba a los mismos. A ellos. Así que nada cambia y la historia, esta vez fuera de la pantalla, se repite.

La imagen es reconocida. La esposa perfecta. Entregada. Sumisa. Feliz en su papel. Una versión nueva de aquella voz del Consultorio de Elena Francis que aconsejaba a mujeres desesperadas que aguantaran, que comprendieran, que fueran todavía mejores esposas… incluso cuando estaban siendo maltratadas. Incluso cuando el problema nunca eran ellas. Y claro que siento rabia. Y claro que me quema y que me jode. Por supuesto que me jode. Porque no estamos ante algo nuevo, sino ante lo mismo de siempre, con otro envoltorio más brillante y otro lazo aún más grande, pero con un idéntico mensaje de fondo dirigido siempre a nosotras: aguanta, obedece, calla. No molestes. No cuestiones. No decidas. No pienses. No votes.

Así que en estas estamos, compañeras. A un lado del Atlántico, predicadores y pastores hablando sin pudor de devolvernos a nuestro sitio. Y aquí, en el otro lado, cómplices silencios, o peor aún, aplausos a Donald Trump y a todo lo que representa esa forma de entender el poder patriarcal: autoritaria, reaccionaria y totalmente desigual.

Y ya, por si nos faltaba algo, vuelvo a recordarlo —porque ya dije que hay que seguir gritándolo—: aquí también tenemos a los que se suben a una tribuna para hablarnos, otra vez, del aborto, de nuestros cuerpos, de nuestros dolores y de nuestras decisiones límite, pero sin imaginar siquiera lo que duele una contracción. Opinando y llamando a la violencia con una ligereza insultante sobre realidades e historias que desconocen por completo y convirtiendo vidas ajenas —siempre las nuestras— en eslóganes políticos de mierda.

En fin… que en este cuento estamos otra vez porque, por desgracia, parece que sí, que todo esto va calando poco a poco. Que se presenta como sentido común, como tradición, como protección… y que cuando quieres reaccionar, ya hay derechos que se discuten, libertades que se cuestionan y límites que empiezan a moverse. Y no, no es una exageración, ya hemos visto este mismo guion antes.

«Bendito sea el fruto».

Apañaos vais. Benditas sean las madres que nos parieron. Y ni de puta coña esperéis que vayamos a bajar la mirada.

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