Opinión | Dulce jueves
La caravana de Mahfuz

El escritor egipcio Naguib Mahfuz. / Archivo
He estado de viaje en Egipto y he vuelto a leer a Naguib Mahfuz, el escritor egipcio más importante. No lo leía desde que le concedieron el Premio Nobel en el año 1988. Con sus novelas puedes sumergirte en la locura de El Cairo, recorrer sus callejones de milagros y miseria, respirar la brisa del Nilo o adentrarte en los misterios del tiempo de los faraones. Con él puedes comprender un poco una parte del mundo rebosante de historia, donde la vida real emerge entre mezquitas y cafés, entre lo espiritual y lo fantástico, trenzada por siglos de convulsiones y guerras sin fin, todo ello visto con el optimismo de alguien que escribió para construir una barrera contra el desencanto: «Cuando se habla de conciencia, hermandad y justicia en el mundo, alguna gente dice que eso sólo son palabras que expresan sueños. Pero no sólo las pesadillas pueden hacerse realidad, también pueden materializarse los sueños».
Defensor de la libertad de expresión, los valores universales y la convivencia entre las culturas musulmana y cristiana, Mahfuz no veía ninguna incompatibilidad entre el Islam y la democracia. Era partidario de un equilibrio entre dos mentalidades difíciles de conciliar: los principios islámicos tradicionales y la modernidad de Occidente. Pensaba que tanto los valores del islam como los del cristianismo fomentan la convivencia pacífica. Denunció los extremismos y defendió la coexistencia en Tierra Santa de dos Estados: el israelí y el palestino.
En 1994 fue víctima de un atentado. Un líder islamista radical lo apuñaló en el cuello. Vivió los últimos años de su larga vida refugiado en su casa, pero no dejó de levantar la voz contra toda forma de violencia e intolerancia. Con la mirada puesta en la esperanza, y citando el proverbio árabe: «Los perros ladran, la caravana sigue su camino», sostuvo hasta el final que, a pesar de todo, el diálogo universal de culturas nunca se detendrá. Pero no era un ingenuo. El atentado lo dejó casi ciego, pero no del todo. En aquellos años de Bush y Bin Laden advirtió: «Si el mundo hace caso a esa gente, vamos a la perdición». Después vinieron los atentados del 11-S y el 11-M, la invasión de Irak y la reactivación de los conflictos en Palestina y Líbano.
Años después se sintió espantado con el comportamiento de Israel con los palestinos. Pero no vivió para ver el nivel de barbarie e inhumanidad alcanzado con Netanyahu. Me pregunto si la visión de la destrucción total de Gaza le habría hecho perder la esperanza. Creo que no. En su discurso del Nobel, dijo que lo mismo que el gran poder de las pirámides desapareció, también lo harán los grandes imperios que siembran la destrucción, pero que la Verdad y la Justicia permanecerán. En una de sus novelas más conocidas, El callejón de los milagros, se expresa de otra forma: «Hombre decimos porque olvida, y corazón decimos porque cambia». Mahfuz sabía que la Historia está hecha de ruinas y resistencias. La caravana sigue su camino, incluso cuando los obstáculos parecen insalvables. Hay algo en ese avance lento que se parece al latido del corazón más allá de la debilidad humana: una verdad indestructible, sostenida por un aliento divino que ni la violencia ni el fanatismo lograrán sofocar.
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