Opinión | PAN PARA HOY
FERNANDO vera
Morante de la Puebla: El último barroco del Guadalquivir

Morante de la Puebla, en la décima corrida de la Feria de Sevilla / E.P.
Ya habrán visto al de La Puebla, glorioso el jueves, caído el lunes. Tuve la gracia de ver de nuevo al último barroco del Guadalquivir. Germán, un atlético de Talavera llegado para la final de Copa, me vendió la entrada que le sobraba. Morante nos fue meciendo hacia la enajenación suerte tras suerte. Como en el cine de verano, pidió que le acercasen una silla, convertida desde entonces en el trono del rey de los toreros. Sentado en él, un par de banderillas y el inicio de faena, recordando a Rafael el Gallo y su famoso «Toro de la Guerrero» de 1915, bautizado así por la actriz que recibió el brindis. No nos dejaron sacarle por la puerta tras pinchar la apoteosis. Decía uno de los policías que guardaba la puerta que «no se lo había ganado». Decía Curro que las orejas son despojos, pero cuando no existe sensibilidad se vuelven las llaves de los ciegos.
Todo lo que vi fue una lluvia de luz. La que baña Sevilla y su verde orilla, de Murillo y Velázquez, de toreros y gitanos, del Guadalquivir, indeciso entre Sevilla y Triana. No quise perdérmela, aunque fuera durmiendo en la pensión de mala muerte para la que alcanzó mi caudal. El viernes me despertaron unos ronquidos mesopotámicos dudosamente saludables. Me fui a correr con Rubén Almagro, amigo y Pepito Grillo, que se encarga de mantenerme en forma hasta de viaje. Y se cansa uno menos corriendo junto a la Torre del Oro, que hicieron los moros sin campanas por no despertar a Triana.
A Sevilla, y sobre todo a Triana, solo tuve que reconocerla. Ya había estado allí aunque me hubiera bañado en el río del olvido. Yo había paseado por el Altozano, desde el que contempla la Maestranza la estatua del novelado Juan Belmonte, matador de toros de Manuel Chaves Nogales. Ese es un libro genial sobre un hombre complejo que no deben dejar de leer aunque no les gusten los toros. Para él, durante su vida ociosa rodeado de gandules, no había «más barrio que el de Triana, ni más ciudad que la de Sevilla: mi ciudad, mi barrio, mi calle, mi tertulia y yo. Lo demás, para los ingleses. Recuerdo todavía la estupefacción que me produjo el hecho de que una mujer gallega fuese guapa. ¿Cómo podía ser guapa una gallega?».
No le culpo: si yo hubiera nacido en Sevilla, pensaría lo mismo.
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