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Opinión | Mujeres interesantes

María Martínez

Catedrática de Historia de la UMU

Rameras, mujeres de la vida

El término 'ramera' nació en el medievo

El término 'ramera' nació en el medievo / L.O.

Se conocía tradicionalmente con este eufemismo a las ‘malas mujeres’, a las rameras que desde Eva encarnaban la lujuria, el mal, la perdición de los hombres. La maldita manzana puede transmutarse por cualquier fruto sustituto del sexo que condujese a los adanes al pecado. Aunque la culpabilidad siempre ha recaído en las mercenarias de su cuerpo.

Lo que quizás sea menos conocido es que ramera, sinónimo (y abundan) de prostituta, se ahormó cuando en el Medievo, en las puertas del negocio, generalmente tabernas y mesones, colgaban un ramo indicando que allí se ejercía tal oficio. Además, me informo que, en el siglo XVI, en Salamanca, según cuenta la leyenda, hubo un sacerdote, motejado ‘el padre Putas’, que cuando llegaba la Cuaresma sacaba a esas mujeres de la vida de la ciudad y las llevaba al arrabal, al otro lado del río Tormes, hasta el lunes de Pascua, cuando las devolvía a los burdeles y mancebías. Llegaban alegremente en barcas adornadas de ramas, de donde deriva rameras.

En cada población había algunas célebres, conocidas por sus apodos. O la del dicho popular «eres más puta que María Martillo». La prostitución se consideró un ‘mal necesario o menor’, y a quienes la ejercían se las denominó ‘mundarias’. Para ser reconocidas, y no confundidas con las honestas, se ordenaba que llevasen la cabeza descubierta o un prendedor dorado encima de la toca, y se les prohibía mezclarse con las honradas en las iglesias y llevar mantillos. Excepcionalmente, cuando comenzó la guerra contra Granada en 1480 a las prostitutas murcianas se les permitió vestir zamarras y adornarse con perlas y oro. Posiblemente como recompensa para el descanso de los guerreros.

Se reconocía como oficio público, regulado y permitido, pero debía permanecer oculto en la mancebía: en la murciana de San Miguel estuvieron recluidas esas mujeres de la vida hasta 1623. Famosa fue, como aún se recuerda, la Cuesta de la Magdalena (la pecadora redimida por Jesús), abierta hasta los años setenta. Y «apoyá en el quicio de la mancebía…» suspiraba en la copla de la Piquer una perdida por los ojos verdes del amante.

La RAE podría añadir una nueva acepción: sobrina, a tenor de cómo está el actual patio de monipodio. Quisiera entrevistar a alguna prostituta, aunque la variedad de situaciones impediría meterlas a todas en el mismo saco infamante. De la necesidad no siempre se hace virtud, como dijo aquel profundamente enamorado que conoció de cerca ese mundo. La pobreza en muchos casos arrastra al lodazal. ‘Mujeres de vida alegre’ que, muchas, arrastran trágicamente explotación, trata, miseria, marginalidad. Para otras un aprovechamiento voluntario de los ‘tíos’ para tener una alegre vida de lujo.

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