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Opinión | El que avisa no es traidor

Sin tiempo para comedias

El otro día, un afamado columnista de la derecha, en su afán despreciativo de cualquier cosa que huela a progresismo, revelaba subliminalmente algo que se está configurando casi como axiomático: sin IU, no hay nada que hacer en esa pretendida unidad más allá del PSOE y Sánchez. Aviado va quien se desayune ahora con que IU es el más extenso soporte de la izquierda cambiadora: es la única fuerza organizada en todo el Estado, con decenas de alcaldes y miles de concejales. Incluso en territorios donde la izquierda nacionalista es mayoritaria dentro de ese estrecho espectro no socialdemócrata, la coalición mantiene organización; en unos casos más reducida que en otros, pero existente.

Lo que tratan los cronistas como el referido es de asustar, espantar, meter miedo con que el peligro comunista está detrás de esa izquierda no socialdemócrata ahora mezclada en el Gobierno con el social-liberalismo. Así, se pretende confundir interesadamente: IU es una entelequia, es decir, es el PCE, lobo oculto revestido con la piel de la izquierda plural nucleada en la coalición mucho antes de que Pablo Iglesias el Joven -PIJ, como gustaba decir Manolo Monereo- echara sus dientes de leche políticos.

En definitiva, se pretende amenazar subrepticiamente de nuevo con el "peligro comunista", habida cuenta del limitado alcance de otras fuerzas de izquierda nacionalista, de la debilidad manifiesta de los primos enfrentados de Podemos y Sumar, y de que, en fin, el supuesto trampantojo "pecero" ha resistido todas sus crisis y malas gestiones internas.

Superó, incluso, la arramblada del Podemos originario, debida en buena parte y precisamente no solo a la Gran Recesión iniciada en 2008 y la alianza informal PP-PSOE, sino también a sus propios errores estratégicos y políticos que revelaron a la coalición como incapaz de interpretar adecuadamente y dirigir las grandes protestas contra el Estado del Malestar.

Al paso de los años, y con las circunstancias bien diferentes aunque más, si cabe, adversas para la izquierda en general por la ascensión dizque imparable del ultraderechismo, la coalición nucleada en torno al PCE mantiene mal que bien sus estructuras orgánicas estables en miles de pueblos y ciudades españoles, algo que ni siquiera Podemos en su etapa esplendorosa fue capaz de conseguir, lo que dice bastante de la capacidad política de la mayoría de sus dirigentes una vez terminada la fase de la protesta coherente y aquello de «el cielo no se toma por consenso; se toma por asalto» (PIJ dixit).

Derrotada clamorosamente una parte de la izquierda alternativa, edulcorada otra por su "blanda" participación en el Gobierno -aunque a ambas haya que atribuir la autoría de la mayoría de las decisiones efectivas para mejorar la redistribución de riqueza-, IU aparece ahora como el pegamento posible y existente para todo el Estado, al margen de que una supuesta futura alianza izquierdista haya de incorporar necesaria y prominentemente figuras como la de Gabriel Rufián y otras. Sería suicida no aprovechar la infraestructura de la coalición para promocionar la unidad (electoral) a la que se aspira. Como también lo sería no incorporar a esas figuras destacadísimas de otros partidos "transformadores".

La coalición, utilizada como Caballo de Troya por el PCE según los eximios portavoces de la derecha, mantiene relaciones políticas aceptables con casi todas las fuerzas que se sitúan a la izquierda de la socialdemocracia. El error sería pretender, desde esa posición, asumir la dirección férrea de lo que esté por venir, menoscabando la presencia y la fuerza de otras formaciones que aportan mucho en sus territorios y en el mapa general. Caer en eso sería dar la razón a los agoreros de la derecha mediática que amenazan a los biempensantes con un trasunto del título de aquella magnífica sátira de Norman Jewison '¡Que viene los rusos!' (1966). Pero no hay tiempo para comedias.

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