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Opinión | La feliz gobernación

Paco Rabal y Miguel Espinosa

Dos gigantes de la cultura nacidos en la Región. De ambos, actor y escritor, se conmemora el centenario de su nacimiento. Al primero se le está dedicando un homenaje a lo largo del año, y es hora de que el segundo reciba el mismo tratamiento

Paco Rabal se declaraba comunista. Y aunque lo hizo en los tiempos de la Transición, cuando el PCE adquirió sus mayores cotas de prestigio, en la Comunidad de Murcia sufrió los recelos de la derecha política, que a pesar del impresionante bagaje artístico del actor se negó en sede parlamentaria a concederle la Medalla de Oro de la Región sin recatarse en señalar el motivo: «Es comunista». Joseph McCarthy también habitó durante una temporada en esta Región, y es dudoso que todavía no lo siga haciendo.

Pero cuando el aguileño murió, en agosto de 2001, el Gobierno de Ramón Luis Valcárcel, a cada uno lo suyo, compró el edificio del Cine Salzillo en Murcia y creó la Filmoteca Regional con su nombre, hoy uno de los espacios culturales más interesantes de la Región.

Hasta entonces, la fuerza de su personalidad artística se había impuesto a las reticencias políticas, y en muchos Ayuntamientos se le dedicaron calles y plazas y, con frecuencia, homenajes con el pretexto de sus hitos cinematográficos, que ya en los tiempos de la Transición lo habían consagrado como uno de los actores españoles con más proyección internacional. El cartagenero Pedro Beltrán, guionista de un grueso ramillete de entre las mejores películas del cine español, entre ellas de Berlanga o Fernán Gómez, decía con sorna que cuando en Madrid le preguntaban «adónde vas» solía responder: «A Murcia, a un homenaje a Paco Rabal», tan frecuentes eran.

Sin embargo, los prejuicios por la posición política del actor no se han remansado a causa del rebrote ultraderechista. Hace pocos años, en Albudeite pretendieron suprimir los espacios que honran al intérprete fetiche de Buñuel y a su esposa, la también actriz, y también fabulosa, Asunción Balaguer. Nunca se puede dejar de estar en guardia contra los atentados a la cultura. Pero anotemos estos sarpullidos como anecdóticos.

Centenario celebrado

Lo importante, y a lo que viene este artículo, es a reseñar que con motivo del centenario del nacimiento del actor (Águilas, 1926), la Consejería de Cultura, a través de la Filmoteca Regional, ha programado un calendario de actos, extendidos a lo largo de este aciago 2026, entre los que se encuentra la proyección de la totalidad de su obra cinematográfica, una gala de homenaje, la institución de un premio con su nombre para representantes del sector (este año ha sido otorgado a la actriz Eva Llorach) y la edición de un libro que estará a punto de salir, entre otras actividades. Una cuestión de justicia y un deber.

A pesar de todo, por increíble que parezca, la personalidad de Paco Rabal sigue siendo incómoda según sectores. Si algunos no soportan la orgullosa proclamación de su adscripción política, más recientemente es perceptible un manto de silencio a consecuencia de su anecdotario vital, poco ortodoxo para las actuales normas de corrección. Pero así son con frecuencia los grandes artistas: gente que se sale de los cánones. ¿Y qué? Lo relevante para todos es que Paco Rabal ha sido un prodigio de la interpretación, un genio inigualable. Y, por si fuera poco, a efectos locales, un gran embajador.

Otro centenario

Y ahora, hablemos de otro genio. Miguel Espinosa (Caravaca de la Cruz, 1926). También se cumple el centenario de su nacimiento, pero se trata de un escritor. La literatura, en líneas generales, otorga menos popularidad que el cine, y en su caso, además, se trata de un escritor ‘de culto’, en cierto modo ‘secreto’. Contribuye a esto que también, como Rabal, aunque de otra manera, es un autor incómodo, tal vez algo ‘difícil’ para los actuales patrones de consumo y, desde luego, de una iconoclastia radical administrada, eso sí, con metáforas sofisticadas. No cabe en modas o tendencias, no es amable con las elites, incluyendo las literarias, y su visión del mundo permanece alejada de todo lo que se entiende por moderno, cuyos escritos, sin embargo, apelan constantemente a lo actual más allá del tiempo, incluso a lo más actual. Es un escritor total, inclasificable, profundamente inquietante. Dispone a la par de una prosa única, creadora de conceptos, un estilo inimitable con el que construye relatos, novelas y ensayos ajenos a toda solemnidad, muchas veces divertidos hasta la carcajada. La mirada de Espinosa es irónica y, por tanto, deconstructiva, letal. En sus textos, toda impostura queda desvelada.

A propósito de los mandarines

Esta semana se ha dado a conocer un libro, A propósito de ‘Escuela de Mandarines’. Una mirada antropológica, de Juan Ruiz Parra, en cuya presentación tuve el honor de participar, que recorre minuciosamente la obra cumbre de Espinosa con extraordinario rigor y amenidad, a pesar de que su origen es una tesis doctoral. Se trata de un trabajo brillante que invita a leer el libro de referencia o a releerlo con las claves aportadas por este estudioso. Me recuerda colateralmente al que allá por 2021 publicó Paul Auster, La llama inmortal de Stephen Crane, sobre un escritor decimonónico que nadie ha leído ni antes ni después y que, sin embargo no decae a lo largo de sus más de mil páginas. Quiero decir que A propósito de ‘Escuela de Mandarines’ es un libro que podría leerse sin haber incurrido previamente en Escuela de Mandarines, pero del que se deduce un mandato inexcusable para, en tal caso, hacerlo después.

Homenaje privado

A los efectos, la publicación de este libro constituiría un homenaje a Miguel Espinosa por su centenario, gracias al editor Fernando Fernández (La Fea Burguesía), quien también desde otra editorial, Alfaqueque, ha publicado obras del caravaqueño. (Nótese que el nombre de la primera editorial, La Fea Burguesía, título de uno de sus libros, es un homenaje a Espinosa, como también lo es el epígrafe de esta sección, La Feliz Gobernación, concepto acuñado por el escritor para nominar el espacio en que transcurre Escuela de Mandarines). Fernández tiene un gran mérito, no solo por ir publicando hasta donde se le permite la obra inédita de Espinosa, sino también estudios sobre ella como el que refiero. Convendremos en que si Espinosa es un escritor minoritario, más lo serían los ensayos sobre su obra y, sin embargo, no se detiene para editarlos. Uno se maravilla ante estos empeños.

¿Y las instituciones?

Pero con esta iniciativa estamos refiriéndonos al sector privado. ¿Y qué hacen las instituciones? De momento, nada, más que la vaga referencia, según el editor, a alguna celebración indeterminada en el próximo octubre, mes del nacimiento del autor. La cuestión se expuso entre varios asistentes a la presentación del libro de Ruiz Parra, algunos de los cuales atribuían el ‘olvido’ precisamente a que Espinosa no es un escritor cómodo. Tampoco Rabal lo es, por otras circunstancias y, sin embargo, se ha organizado un amplio despliegue para su homenaje. Por decirlo todo, hay que anotar también que el círculo de los espinosianos o espinosistas estrictos es más bien cerrado, y no se espera que de él surja alguna solicitud o sugerencia.

No siempre Espinosa estuvo limitado a los espinosistas. Hace años la editorial Alfaguara publicó dos de sus títulos, pero la ‘nueva crítica’, es decir, la meramente reseñista, no debió ser muy receptiva. Y esto a pesar de que el primer capítulo del estudio de Ruiz Parra, dedicado al impacto que obtuvo Escuela de Mandarines tras su aparición en 1974, contiene un friso de elogios de lo más granado de la crítica nacional del momento (Conte, Masoliver, Sobejano, Bellón, Aranguren...) imposible de registrar en cualquier otro autor español por muy galardonado o multiventas en quien pensemos. Espinosa fue colocado en su día en lo más alto del parnaso literario a la altura de Miguel de Cervantes. Y ahí sigue, sin duda, a pesar de sus detractores o de quienes pretenden ignorarlo.

"Ingenioso y rebelde"

En la Región, Escuela de Mandarines fue entendida en un primer momento como una deconstrucción nada piadosa de la Universidad de Murcia, estamento en el que Espinosa fue rechazado por el rector Batlle, quien lo calificó de «ingenioso y rebelde». Hasta que salió Escuela de Mondarines no supo cuánto de una cosa y de la otra. Pero el libro, aunque se inspiró en el microsistema de ‘los enmucetados’, abarcaba mucho más. Pronto fue entendido como una refutación al franquismo, que también lo era y de manera feroz. Pero en el albur de la democracia los lectores entendieron que las claves de Escuela alcanzaban mucho más que un momento histórico, pues los resortes del poder, de los estamentos educativos, religiosos, del Derecho y hasta de oposición no desaparecen sino que se transforman. De ahí la permanente y despiadada actualidad de sus páginas. Todavía en la Universidad de Murcia hay quienes se sorprenden ante la sugerencia de organizar un homenaje a Espinosa: «¡¿Espinosa en la Universidad?!», como si el espíritu de Batlle aún planeara de algún modo por sus aulas.

La hora de Espinosa

La consejera de Cultura, Carmen María Conesa, es una persona receptiva, al menos esa es mi experiencia. Las dos o tres veces que he hablado con ella me ha sorprendido sacando un bloc para tomar notas, invirtiendo los papeles; cierto que ella es periodista. Mi impresión es que tiene más voluntad que presupuesto o el que tiene está ya muy colonizado. La última vez que hablamos, en el cóctel que siguió a la gala de la entrega del primer premio de cinematografía Paco Rabal, le apunté, tomándo la idea del ambiente, que tendría toda la lógica que instituyera también el de Literatura, como ya hacen otras Comunidades. Y tal vez sea el centenario de Miguel Espinosa el momento preciso para hacerlo dando al galardón el nombre del escritor.

Uno comunista, el otro ingenioso y rebelde, ambos ‘raros’ también en su vida personal a su respectiva manera, son dos grandes del cine y de la literatura. Nos acompañan desde hace cien años. Primero ha tocado Rabal; ahora debiera tocar Espinosa.

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