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Opinión | Miradas furtivas

Juan Ballester

Juan Ballester

Fotógrafo

La tinta que nos nombra

Retrato de Alpi, hacker alemán de origen turco

Retrato de Alpi, hacker alemán de origen turco / Juan Ballester

Cuando en 1973 entré en el antiguo Cuerpo General de Policía (conocido popularmente como Policía Secreta), mi primer destino fue el Gabinete de Identificación (actual Policía Científica), que por entonces estaba situado en la Puerta del Sol de Madrid. Durante los primeros meses trabajé reseñando detenidos en sus calabozos. Recuerdo que una de las cosas que más me llamaba la atención en aquella época era que, al coger la mano de algún detenido para tomarle las impresiones dactilares, en la parte superior, junto a los dedos pulgar e índice, apareciera una combinación de cinco puntos tatuados y dispuestos como el número cinco en los dados. Más tarde supe que aquello significaba «odio eterno a la policía», y algunos delincuentes comunes se lo tatuaban para que, cada vez que fuesen detenidos, el agente que lo viera entendiera el mensaje como dirigido a su propia persona.

Quizá por aquellas experiencias juveniles o, acaso, por la prolongada asociación del tatuaje con la marginalidad, lo cierto es que esta moda extendida del ‘grabado’ sobre la piel me resulta, cuando menos, bastante estrafalaria, por no decir disparatada. Siempre que veo a alguien tatuado me lo imagino ya anciano y con las mismas ‘ideas’ juveniles; como si el paso del tiempo no tuviera peso alguno sobre nuestra forma de entender y vivir la vida. Es verdad que todo sentido crítico hacia las nuevas costumbres sociales puede interpretarse como un síntoma del desfase vital propio de la senectud o de su cercanía; pero no es menos cierto que la reafirmación de la identidad mediante aderezos externos, es decir, superficiales, nos remite a un primitivismo de raíces ancestrales. En aquellos lejanos tiempos, el ser humano, más allá de su capacidad reflexiva, necesitaba distinguirse de los demás o reafirmar su poder mediante el uso de estéticas teatralizantes, pero ¿hoy? cuando ya hasta nos alejamos estratosféricamente del Siglo de las Luces…

La realidad actual, sin embargo, es que el tatuaje ha dejado de ser marginal para convertirse en un lenguaje compartido, un espejo de la sensibilidad contemporánea. Su enorme popularidad revela el deseo de afirmar la identidad en un mundo cambiante, de fijar en el cuerpo lo que a menudo es efímero. Así, cada trazo no sólo adorna, sino que narra pertenencias, rebeldías, memorias… La piel, convertida en lienzo, habla hoy con una voz colectiva que define estos tiempos.

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