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Opinión | Pintando al fresco

Desengaños

Imagino el desengaño que se habrán llevado todos los que en Jumilla dictaron la prohibición de que los musulmanes vecinos de este interesante pueblo rezaran en el polideportivo cuando esta semana han visto al papa León XIV rezando en una mezquita en Argelia, allí, tan ricamente, descalzo, como los creyentes en Alá, sin que nadie lo mandara a rezar a un aparcamiento disuasorio. Yo, que no soy musulmán, también he estado en algunas mezquitas, como la de Casablanca –una preciosidad de edificación junto al mar– y me quité los zapatos, y, a lo mejor, me eché un Padrenuestro. Y en la de Santa Sofía, en Estambul, que es un ejemplo de convivencia de las dos religiones, porque, aunque ha sido mezquita musulmana y catedral cristiana en sucesivas épocas, allí puedes ver preciosos murales que representan la vida de Cristo junto a frases del Corán escritas a tamaño descomunal. Convivencia que se llama, y respeto a las creencias de los demás, que también se llama. El mismísimo Papa rezando en una mezquita, «qué desengaño», dirán los que dictaron la orden en Jumilla.

También imagino el desengaño que tendrán rompiéndoles el corazón aquellos que han dicho que es una barbaridad legalizar a 500.000 inmigrantes que están sin papeles, al escuchar a representantes de los empresarios españoles decir que está muy bien hecho y que eso es lo que ellos quieren y lo que les hace falta. Siempre habrá algún sinvergüenza que prefiera que sean ilegales para explotarlos, pagarles menos y maltratarlos, pero son media docena. El resto sabe que, para sus empresas de agricultura, ganadería, hostelería, construcción, carpintería, etc., necesitan emigrantes o se les va abajo el negocio, y los quieren con su documentación en regla, al igual que las familias que necesitan un cuidador o una cuidadora para las personas mayores. Y, por cierto, comenzarán a tener que pagar su IRPF. Como todos.

Otro desengaño gordo es el de aquellos que están asustando al personal diciendo que los servicios sociales se van a petar al legalizar a estas personas, y, como ejemplo exponen la Sanidad, que se va a llenar de inmigrantes. Ha salido en los papeles que, aunque habrá que tomar en consideración el aumento de ‘clientes’ que se va a producir en la Medicina de Familia y que habrá que ampliar estas plazas de sanitarios, su gasto en Sanidad no va a ser significativo por una razón obvia: ellos y ellas son gente joven y, como nos ocurre a los españoles, cuando más castigas a los médicos es cuando te haces mayor. Sí es cierto que las secciones de partos de los hospitales pueden recibir más trabajo, dado que ellos suelen tener más hijos que nosotros, cuestión esta que nos viene muy bien como país, dada la pereza que les ha entrado a los jóvenes españoles a la hora de traer nenes y nenas al mundo, estando cerca la posibilidad de que el crecimiento anual de habitantes de España, contando nacimientos y fallecimientos llegue a cero o baje.

Y queda otro desengaño que ha dejado a muchos absolutamente patidifusos. Me refiero a los que estaban ideológicamente cercanos al presidente Donald Trump –ostras, tiene nombre de pato, no me había dado cuenta – y apoyaban sus acciones en Venezuela porque había quitado de en medio a un dictador, o en Irán por estar gobernado por un régimen nefasto. Y me refiero a los que son católicos de ley, de los buenos, y se han encontrado esta semana con esa pintura asquerosa en la que Trump se disfraza de Jesucristo sanando enfermos, con el Espíritu Santo retratado como un avión de bombardeo y demás disparates que demuestran su absoluta carencia de principios morales y su endiosamiento absurdo, al que el papa, de nuevo, le ha puesto las peras a cuarto.

A todos los afectados les digo que la vida es así, un desengaño continuo, pero que mediten y traten de cambiar, que es lo que hacemos los demás cuando nos equivocamos en cuestiones como estas, así, tan tristes.

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