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Opinión | De dioses y de hombres

500 años de lucidez

Universidad de Salamanca.

Universidad de Salamanca. / Getty Images/iStockphoto

Tuve en mis años de universidad un profesor, culto y bastante alternativo, que me dejó una huella profunda. No siempre, en aquel entonces, entendí sus postulados y actuaciones; pero con los años el poso de sus palabras me ha ido acompañando en mi camino hacia la madurez. Recuerdo especialmente -en unos momentos turbulentos llenos de manifestaciones y protestas estudiantiles- como se posicionó diciendo que la Universidad debía ser el lugar esencial donde se compartiera el saber y la cultura: siempre con las puertas abiertas a todos. Esa idea quedó grabada en mí fuertemente y la he reflexionado en numerosas ocasiones desde entonces. No es nada novedoso ni escandaloso decir que el nivel ha bajado, en líneas generales, en la mayoría de facultades españolas. Palpable es que no siempre son los mejores los que consiguen una plaza de profesor y que entre torpes reformas educativas, la visible endogamia universitaria, y el negocio encubierto en que se han convertido la educación superior, las cosas dejan mucho que desear.

Suele ser tristemente habitual en nuestro país no ponderar o celebrar como se merecen determinados hitos alcanzados, acontecimientos esenciales y definitorios que en otros países serían orgullo colectivo. Cualquier personaje o acontecimiento histórico hay que sopesarlo en su contexto y momento. Esto —que es algo básico y evidente— parece no estar siempre claro por parte de determinados colectivos demagógicos que trasmiten la impresión de querer hacer una lectura sesgada de nuestra historia.

Gracias al clima propiciado por el humanismo tardomedieval, Europa cambiaría, formidablemente, en su transición hacia la época moderna. Ya hablamos, en otros artículos, de figuras esenciales de ese periodo como Christine de Pisan o Luis Vives. Se suele pensar, erróneamente, que el Renacimiento ponía al hombre como centro de todo frente a la visión teocéntrica anterior. En realidad, el hombre era el centro pero con el matiz esencial de «criatura de Dios» protagonista de su creación. Y esto es importante para comprender la revolución maravillosa que, desde Salamanca, vivió el siglo XVI. Conceptos modernos y tremendamente vigentes en la actualidad como el derecho internacional, la propiedad privada o la dignidad de la persona nacieron allí. La denominada Escuela de Salamanca fue un movimiento intelectual que, de alguna forma, sustentaría el primer fenómeno globalizador de Europa. A la sombra y luz de la universidad salmantina un grupo de intelectuales —principalmente jesuitas y dominicos— se plantearían una reflexión teórica de una profundidad inaudita. Su líder fue el fraile y catedrático Francisco de Vitoria que, en 1526, sentaría las bases de gran parte de esta revolución humanista. Sigue sorprendiendo hoy, tantos siglos después, que en esta universidad surgiera un movimiento como el ocurrido. No debemos pensar que fuera algo unitario; entre ellos hubo divisiones y discrepancias que nos hablan de la riqueza y vitalidad del mismo grupo. La Escuela de Salamanca, además de lo ya mencionado, ponderó sobre economía (muchos piensan que en la misma comienza la ciencia económica). Argüían que la propiedad privada estimulaba la economía y el bienestar general de la sociedad (debemos tener en cuenta que la pobreza fue ensalzada durante muchos siglos por las órdenes mendicantes). Renovaron, así mismo, la visión sobre la usura medieval y el lícito derecho a cobrar intereses dentro de unos límites razonables. También defendieron los derechos de los habitantes de la recién descubierta América indicando explícitamente en sus escritos: «Son libres por naturaleza y dueños legítimos de sus posesiones». Igualmente, rechazaron las conversiones al cristianismo por la fuerza. Entre otros muchos aspectos, destaca, entre este grupo de intelectuales, un tema especialmente candente en nuestro tiempo, en muchos de los informativos y de la prensa que llega hasta nosotros. La Escuela de Salamanca reflexionó —y se postuló abiertamente— acerca de la guerra y sus fines. Afirmaban la ilegalidad de todo conflicto bélico motivado por fines expansionistas o por el ansia de conquista de las riquezas ajenas. También condenaban las guerras promovidas por gobernantes sin el apoyo de su pueblo. Insistían en los límites morales de toda guerra matizando aspectos como el matar a inocentes o rehenes. Imagino que el tema les resulta tristemente familiar.

Se cumple este año el quinientos aniversario de tan marcado acontecimiento. Los tiempos son bien distintos, pero no tanto la finalidad y urgencia con la que este grupo de hombres trató de alumbrar no solo a España sino al resto de países del momento. Me parece fundamental, en estos tiempos complejos que habitamos, volver la mirada a su lucidez y compromiso social. Celebrar el alto nivel intelectual y moral que alcanzaron con la universidad como estandarte y bandera, pero también comprender la fragilidad latente en aspectos que creemos ampliamente adquiridos y ganados y, sin embargo, corren el peligro de perderse o tambalearse ante otro tipo de barbaries y amenazas actuales.

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