Opinión | +Mujeres
Una lectura ecofeminista, geopolítica y decolonial de la guerra contra Irán, la ocupación de Gaza y la crisis civilizatoria

Un mujer ondea una bandera palestina en una protesta contra los ataques de Israel. / Abedin Taherkenareh / EFE
La actual guerra contra Irán es, una vez más, la manifestación de un patrón histórico: la reorganización violenta del orden mundial en torno a recursos, jerarquías y acumulación de riqueza.
Lo que ocurre en Irán expresa un sistema que necesita destruir para sostenerse. Y esa destrucción tiene rostro: mujeres, personas mayores, niñas y niños. La guerra siempre golpea a los más vulnerables y deja tras de sí territorios devastados.
En las primeras semanas de ofensiva, organismos humanitarios y medios internacionales han documentado más de 1.400 civiles muertos, incluidos centenares de menores, así como ataques reiterados contra infraestructuras civiles, protegidas por el derecho internacional humanitario.
Pero reducir lo que ocurre a cifras es insuficiente. No solo se destruyen edificios, sino las condiciones que hacen posible la vida: acceso al agua, a los alimentos, a la salud, a redes comunitarias. Aquí la perspectiva ecofeminista resulta clave.
Las guerras contemporáneas no solo matan personas: arrasan ecosistemas, contaminan aire, agua y suelos, y agravan la crisis climática. Conflictos de alta intensidad pueden generar millones de toneladas de emisiones en pocas semanas, además de daños duraderos sobre biodiversidad y recursos naturales. La guerra no es solo contra un país, sino contra las redes de interdependencia que sostienen la vida. Y no afecta a todas las personas por igual.
Las mujeres, especialmente en contextos como el iraní, parten de una desigualdad estructural marcada por restricciones legales y control institucional. En guerra, esa desigualdad se intensifica. Organismos internacionales advierten de un aumento de la violencia, la explotación y la pobreza entre mujeres y niñas en contextos bélicos.
Son ellas quienes sostienen la vida cotidiana cuando todo colapsa, asumiendo el trabajo de cuidados que permite la supervivencia: buscan agua, alimentos y medicinas, cuidan a personas dependientes y reconstruyen redes comunitarias. Sin embargo, este papel sigue siendo sistemáticamente invisibilizado.
Lo que ocurre en Irán tampoco puede entenderse de forma aislada. Forma parte de un orden internacional que sigue operando bajo lógicas coloniales.
Cuando organismos internacionales denuncian ataques a civiles o bloqueos humanitarios sin que haya respuestas contundentes, se revela una jerarquía implícita: hay territorios donde la violencia es tolerada. Esa es la colonialidad del poder en acción.
Esta lógica se reproduce también en Gaza. Allí, múltiples informes han documentado la destrucción masiva de infraestructuras, desplazamientos forzados a gran escala y graves restricciones al acceso a agua, alimentos y atención médica. Expertos en derecho internacional han alertado de posibles crímenes de guerra e incluso riesgos de genocidio.
Más allá de las cifras —decenas de miles de muertos—, lo que define Gaza es la imposibilidad de escapar y la destrucción sostenida de las condiciones mínimas para la vida. Y, de nuevo, la respuesta internacional resulta insuficiente.
Irán y Gaza ocupan posiciones distintas en el sistema global, pero comparten una misma lógica: territorios sometidos a violencia prolongada, poblaciones castigadas colectivamente y ruptura sistemática de los sistemas que sostienen la vida.
El ecofeminismo permite visibilizar lo que los análisis geopolíticos tradicionales suelen ocultar: no está en juego solo el control de territorios, sino el control —y la destrucción— de las condiciones materiales y relacionales que hacen posible la vida.
Todo esto ocurre en un contexto de intereses estratégicos evidentes. El estrecho de Ormuz, clave para el transporte de petróleo mundial, es uno de los epicentros de la tensión global. Las disrupciones energéticas generan aumentos de precios y efectos en cadena sobre la economía, que se traducen directamente en dificultades para sostener la vida cotidiana: acceso a alimentos, energía doméstica o agua. Mientras millones de personas ven deteriorarse sus condiciones de vida, ciertos sectores obtienen beneficios extraordinarios: la industria energética, la armamentística o la tecnología de seguridad.
La guerra sigue siendo un negocio, con consecuencias que trascienden el campo de batalla.
Organismos internacionales han advertido del aumento del riesgo de inseguridad alimentaria global vinculado a la inestabilidad en Oriente Medio. El encarecimiento de la energía afecta directamente a la producción y distribución de alimentos, poniendo en riesgo a millones de personas. El hambre, menos visible que las bombas, es una de las formas más devastadoras de violencia estructural.
Y, nuevamente, son las mujeres —especialmente en comunidades vulnerables— quienes soportan el mayor impacto, asumiendo la responsabilidad de sostener la vida en condiciones cada vez más precarias.
Frente a este escenario, el ecofeminismo no solo denuncia, sino que propone un cambio profundo: situar la sostenibilidad de la vida en el centro de las decisiones políticas y económicas. Esto implica cuestionar el aumento del gasto militar, reforzar los sistemas de salud, educación y protección social, y rechazar la violencia como herramienta de organización global.
Lo que ocurre en Irán y Gaza no es inevitable. Es el resultado de decisiones políticas, económicas y militares que responden a un modelo que prioriza la acumulación sobre la vida, la dominación sobre el cuidado y la guerra sobre la sostenibilidad. El ecofeminismo no ofrece soluciones simples, pero sí una certeza: no habrá paz mientras la vida siga siendo tratada como un recurso sacrificable. No es solo geopolítica, seguridad o conflicto. Es una guerra contra la vida.
Y nombrarlo así es el primer paso para dejar de aceptarlo.
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