Opinión | Tribuna libre
José Luis Cano Clares
El Día de la Marinera

Una bandeja lleba de marineras. / L.O.
Dos mil marineras para celebrar la nueva fiesta local, el Día de la Marinera, una nueva fecha que incorporar al calendario festero del Gobierno que nos gobierna.
Y no es que las ricas marineras no apetezcan —ni mucho menos— si se acompañan con un chupito de nuestra cerveza más estrellada, sino que en nada tiene que ver con los controles sanitarios, con la higiene y con la calidad que se le exige a este condumio —por cierto, de origen cartagenero— que aquí se vende como quintaesencia del murcianismo y que, gracias al Creador, no terminó en el día de la salmonelosis o de la gastroenteritis por la exposición al sol, durante horas, de esas miles de marineras presuntamente gratuitas. No tuvieron bastante con el Sr. obispo de Cartagena, aunque vive por aquí. Y, si se descuidan, terminarán por hacer murciano hasta el asiático.
Y el énfasis que se pone en la gratuidad del aperitivo, semejante a otras ocasiones en las que se forman colas para consumir un pastelico de carne, también de chupe o chupetín, tiene que ver con esa pulsión caciquil de darle algo para cobrarles después a los votantes a cambio, por ejemplo, de esta muestra de marinera industrial que nada tiene que ver con las que sirven en los bares, con mayonesa sin huevo y abundante lechuga, en el caso de que sea de marisco el presente.
Y es que eso de ‘gratis’, como eslogan, es tan falso como que el cacique que llevan en la sangre estos muchachos regale algo, ya que la fiesta sale de los impuestos, y vaya usted a saber a cómo nos sale a cada uno, comiente o no, la rosquilla con pegote de ensaladilla rusa de marras.
Ese remedo de marinera como Dios manda, fresca y a prueba de bacterias o bacilos, que tampoco son tan inaccesibles al común como para tener que hacer cola en la redonda para comerse este invento de marinera, marinero o como se le diga a la rosquilla sin boquerón.
Y es que no termino de entender la elección de la marinera, como dijimos cartagenera como el obispo, frente a algo tan auténticamente representativo de rango regional —incluso diría yo— como son las morcillas, o el morcillazo, que aquí es tan corriente y tan arraigado en nuestras costumbres y hábitos alimenticios: tripas, cebolla y sangre, tan apreciadas en las matanzas populares. Morcilla a la que yo añadiría la de la caldera, mucho más nutritiva que esta finura de la marinera; morcillas que se agradecen más que estas tontunas con las que algún edil, aficionado al chupe, las ha elegido, donde las haya.
No tiene color: la morcilla, redonda y blandita, que, apretándola entre los dedos, fluye hacia la andorga con mayor satisfacción que la de este invento híbrido que se pretende símbolo o icono, cuando, comparándolo con una ristra de morcillas, palidece de qué manera.
¡Morcilla, qué hermosa eres!
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