Opinión | MUJERES INTERESANTES
María Martínez
Esperanza Pagán Abellán, sonrisa de superación

Esperanza Pagán Abellán / L.O.
Cuando hace 58 años vino al mundo prematura no creyeron que pudiera sobrevivir. La incubadora no solucionó que las piernas se le quedaran sin psicomotricidad. Jesús y Mari, sus entregados padres, no desistieron. La madre le puso de nombre Esperanza y bajo el manto de la Macarena sevillana colocó su foto, esperanzada. Desde los cuatro a los catorce años estuvo ingresada en Madrid (Hospital del Niño Jesús), de donde salió para Totana andando con muletas.
Notó la ausencia familiar, pero comprendió que era por causa de fuerza mayor. En el colegio de la Milagrosa hizo entonces unos cursos de EGB para no ser analfabeta. Vive con su madre, que enviudó, a la que adora («no concibo la vida sin ella»), aunque chocan porque ambas son fuertes e independientes. Independencia que fue el objetivo familiar. Ella, el ‘ojito de papá’, paseaba en el sidecar de una vespa rosa, iba al bar Ortiz, veía la Semana Santa: «Donde quiera que fuese, la niña por delante».
Cuando murió su progenitor la telefonearon de una empresa: papá dejó comprado un coche. Cumplió el sueño paterno: el carné de conducir le dio libertad. Contagia la alegría que emana de sus ojos tan vivos. Inteligente, gran sentido del humor, exceso de autoexigencia, es admirable la aceptación de su discapacidad, que la ha limitado para viajar: también porque tiene fobia a volar, «pues no hay nada debajo». Ha estado en Sevilla, Mérida, dos veces a Lourdes (y quizás una tercera). Casada durante trece años, conserva la amistad con su exmarido: «Las cosas mejor recordarlas por el principio que por el final», dice sensata y dicharachera.
Desde pequeña supo que era diferente, algunos niños (los disculpa) se lo recordaban. Le compensaba el cariño de sus padres, su hermana mayor, Carmen (’uña y carne’) y sus cuatro sobrinas, amén de doce sobrinos nietos: «Dios me bendijo con esta familia extraordinaria». Confiesa ser más de hablar con Dios de tú a tú.
Recién jubilada de la ONCE tras 25 años, intenta amoldarse: echa de menos la clientela y amistades de la plaza donde estuvo cada día vendiendo ilusiones y dando ejemplo de superación. Le preocupa el aislamiento social, perder su autonomía: va a rehabilitación diariamente, su prioridad. Se queja de que no siempre el espacio público facilita la movilidad. Esperanza dejó el coche por la silla eléctrica y le gusta cantar. Su amiga Ana es profesora de canto y guitarra: igual le solicita algunas clases. Disfruta los atardeceres, el arroz con bogavante, un cubata si se tercia, el mar de Mazarrón y el azul marino.
Y quienes te conocemos disfrutamos de tu sonrisa de Esperanza y agradecimiento a la vida.
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