Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Pasado a limpio

La sagrada muerte

‘La Oración en el Huerto’ en la Procesión de los Salzillos, el pasado Viernes Santo.

‘La Oración en el Huerto’ en la Procesión de los Salzillos, el pasado Viernes Santo. / Israel Sánchez

Lees estas líneas, amable lector, cuando hace una eternidad que terminó la Semana Santa y después de un día que, más que exaltación huertana, es una desmesura cuyo calificativo dejo a tu criterio. Pues en esta resaca andamos, permíteme una paráfrasis: "Anda jaleo, jaleo, ya se acabó el alboroto, ahora empieza el pitorreo...", porque vienen los sardineros. Antes de la murga, una pausa.

Decía D. Rodrigo Fernández-Carvajal que la Historia del Pensamiento es un continuo contrapensar, pues para el filósofo, investigador o científico, cada nuevo hallazgo se hace sobre o contra lo que otros descubrieron antes. Antes de ese esfuerzo que implica un diálogo, un razonar a varias voces, es necesario un repensar. Sobre lo escrito hace una semana, T me cuestionó el final, por precipitado, ambiguo en su significado y erróneo en algunas conclusiones, así que vuelvo sobre la muerte sin la frivolidad de los caramelos.

La Semana Santa era buen momento para ciertas reflexiones. La cruz es el símbolo de los cristianos. Si consideramos que era un instrumento de tortura y ejecución para los romanos, la paradoja sólo puede entenderse con la historia posterior a la ejecución de Cristo. La resurrección es el triunfo sobre la muerte, también la victoria sobre el pecado, la vida tras la vida. Un mensaje que se repite una y otra vez cuando escuchamos una misa corpore insepulto o en la expresión común "pasó a mejor vida".

¿Cuál es la reserva mental que se tiene a la eutanasia? Si pasamos a otra vida supuestamente mejor y dejamos de sufrir en esta, que sólo es un tránsito hacia la otra, dónde está el problema. Una respuesta rápida puede ser que sólo Dios puede dar o quitar la vida, pero eso no es del todo cierto.

El cristianismo tiene una extraña relación con la guerra. El quinto mandamiento es taxativo: no matarás. Pero la práctica parece asumir una contradicción con la belicosa naturaleza humana. La muerte en acto de guerra puede ser honrosa. Los soldados marchan a la guerra con las bendiciones episcopales y las exequias del soldado están incluidas en la liturgia.

Estas lucubraciones son la punta del iceberg. La guerra santa no es un concepto exclusivo del mundo islámico, con su yihad y sus muyahidines. Cruzadas se llama a multitud de guerras de religión, no sólo las de Tierra Santa de los siglos XI y siguientes. Otras guerras contra el islam, incluso algunos momentos de la llamada Reconquista, como las Navas de Tolosa o la conquista de Granada, recibieron ese calificativo. Cruzada albigense se llamó a la guerra contra los cátaros y algunas otras contra distintas herejías. Pero no es un estigma del pasado, pues se calificó de cruzada a la Guerra Civil del 36. No fue sólo propaganda fascista, pues la iglesia española asumió el calificativo. Nadie pidió perdón por eso; al contrario, la iglesia romana sólo ha canonizado a víctimas de un bando, como si en el otro no hubiera habido cristianos.

Sería largo hablar de las guerras de religión entre las distintas variantes del cristianismo, especialmente entre católicos y protestantes, que desangraron Europa durante siglos, pero volvamos al tema de la muerte para el cristianismo. El tránsito hacia otra vida no es exclusivo del cristianismo, aunque la idea de redención se convierte en un auténtico leitmotiv. Jersucristo es el hijo de Dios encarnado en hombre para redimir a la humanidad del pecado original. La idea de superación de la condición humana está presente en otras religiones, incluso la misma idea de redención es común a las monoteístas, pero la idea del mismo Dios inmolado es novedosa. Una inmolación programada y voluntaria, como da cuenta el mismo Jesús en la oración en el huerto de Getsemaní.

En la cultura cristiana, esa inmolación es un acto supremo de amor, puesto que lo hace por la Humanidad. Por eso la resurrección tiene un significado preciso de triunfo sobre la muerte y sobre el pecado. Cristo deja instrucciones precisas a sus apóstoles y a través de sus evangelistas, que dan testimonio de sus actos. Pero junto a ese mensaje, hay también un acto fundacional de la comunidad, de la que Pedro será la primera piedra. Es una idea espiritual que pronto tiene una traducción material. A partir de la conversión en institución, la deriva teocrática es imparable: comunidad de fieles inicialmente perseguidos, luego convertida en religión oficial que persiste institucionalmente tras la caída del poder político, refunda y legitima a los nuevos poderes y los convierte en instrumento de expansión, conquista y represión.

Esa idea de la muerte, como tránsito a una vida contemplativa de la divinidad, rechaza la eutanasia, pero no las guerras santas. Incluso entre determinados fieles, no se termina de condenar el genocidio gazatí o su extensión al Líbano o la guerra de Irán, porque alguien a quien se califica como uno de los nuestros, extermina infieles.

En el argumentario se ha perdido la coherencia. La muerte puede ser redentora, pero ciertos sectores integristas se escandalizan ante la eutanasia de una persona que sufre un dolor extremo, incluso la califican de ejecución estatal. Son los mismos que permanecen impasibles ante la muerte de miles de seres humanos inocentes, porque consideran que quien las ordena es uno de los nuestros y las víctimas son infieles. ¡Un poquito de por favor!, que decía Fernando Tejero. Hace falta más caridad cristiana y menos cruzadas. Ante la duda, el manual de instrucciones del cristianismo recibe un hermoso nombre, evangelio, la buena noticia.

Tracking Pixel Contents