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Opinión | Desde mi picoesquina

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No a la guerra: también a la de Ucrania

Tanques ucranianos con la bandera nacional del país.

Tanques ucranianos con la bandera nacional del país. / EFE/EPA/Sergey Kozlov

Cumplidos ya cuatro años de la guerra ruso-ucraniana, ambas partes están lejos de buscar un acuerdo. El legado de aquella Rus de Kiev, unificada con su conversión al cristianismo en el siglo X por Vladimir el Grande, príncipe de Nóvgorod, que floreció en las orillas del Dniéper entre los siglos VIII y XIII y desaparecida tras la invasión de los tártaros en 1250, sigue presente en el imaginario colectivo de los dos países hoy enfrentados. Para los ucranianos, la Rus de Kiev no se transformó directamente en Rusia, sino que terminó fragmentándose en múltiples territorios que dieron origen a Rusia, Ucrania y Bielorrusia.

Tras la desmembración de la URSS, la independencia de Ucrania (una más de las ex repúblicas soviéticas) no se dio mediante un movimiento popular masivo, sino que fue el resultado del colapso soviético. Sus primeros presidentes, como Leonid Kravchuck, fueron figuras del antiguo régimen soviético, reconvertidos en líderes nacionales. Más recientemente, el sentimiento nacionalista y el deseo de Ucrania de adherirse a la órbita occidental están detrás de la llamada ‘Revolución naranja’ de 2004, uno de cuyos objetivos fue la integración del país en las instituciones occidentales, la Unión Europea (UE) y la OTAN. Ucrania contaba con un 40% de población proeuropea, un 40% más vinculada a Rusia, y un 20% indecisa. El Kremlin entendió este movimiento como un intento de las potencias occidentales de extender su influencia al Este, desestabilizando lo que Moscú considera su esfera natural. Sospechas que se acrecentaron con el movimiento del Euromaidán del 2013.

Los antecedentes y la deriva belicista del conflicto actual pueden rastrearse en mi artículo de La Opinión ¿Rusia es culpable? , y en el que, en relación con el Euromaidán, afirmaba que europeos y estadounidenses, con la participación de la Fundación Nacional para las Democracias (NED, por sus siglas en inglés), están detrás de las manifestaciones que llevaron a la caída del presidente ucraniano prorruso Yanukovich. Sucesos que originaron el posterior bombardeo y masacre, por parte del Gobierno de Kiev, de sus propios compatriotas prorrusos del Donbass (repúblicas de Lugansk y Donetsk), con más de 14.000 muertos. Ello explica la intervención rusa en defensa de esas poblaciones rusófonas.

Hay que recordar que las negociaciones de paz de Estambul fueron boicoteadas por EE UU y Gran Bretaña, lo que se suma a los fracasados Acuerdos de Minsk. Pese a la criminalización de Rusia por Occidente, parece claro que esta guerra ha sido diseñada para debilitar a ese país, en el contexto de un proyecto geopolítico pensado para un eventual y futuro enfrentamiento de EE UU con China. Había que poner de rodillas a Rusia, que, sin embargo, ha logrado recomponer una economía de guerra que le está dando resultados.

El coste económico y humano de esta guerra de desgaste es tremendo, con miles de muertos y heridos. Europa, cuyo apoyo a Ucrania ha conducido al alza de los costes energéticos y a una dependencia del gas licuado de EE UU, parece resistirse, además, al hecho incontestable de su derrota militar y política en ese país. Unos ejemplos: el PIB del Reino Unido lleva ya más de un año sin crecimiento; Alemania registra ya el estancamiento económico más largo desde la II Guerra Mundial, tras tres años de recesión; y la popularidad de Macron se encuentra en su punto más bajo. Ucrania ya ha costado a Europa cerca de 140.000 millones de euros en ayudas desde 2022, y la Comisión Europea está dispuesta a elevar el gasto militar en el continente hasta los 800.000 millones de euros: Trump y el complejo militar-industrial impulsan la militarización del continente europeo.

En este contexto, el Gobierno español, que, en reciente visita de Zelenski, ofreció al mandatario ucraniano una ayuda de 1.000 millones de euros, acumulados a los 4.000 millones de estos últimos cuatro años, además de cuatro misiles Patriot (comprados, por cierto, a EE UU), acordó con él [Zelenski] la coproducción de armamento, concretamente drones, sin tener en cuenta que se está ayudando a un presidente que mantiene ilegalizados en su país a partidos democráticos y que sostiene un régimen corrupto. A este respecto, Maxim Goldarb, presidente de la Unión de Fuerzas de Izquierda (Por un Nuevo Socialismo) de Ucrania, nos advierte de que lo que está saliendo a la luz en ese país es «un sistema de la redistribución de la riqueza pública en beneficio de un reducido grupo de personas», añadiendo, además, que «la independencia judicial ha sido desmantelada, el presidente del Tribunal Constitucional ha tenido que abandonar el país por amenazas, y el poder legislativo y los organismos encargados de hacer cumplir la ley, en otras palabras, los controles y contrapesos institucionales, han sido desmantelados y el poder se ha convertido en monolítico».

La apelación, pues, de Pedro Sánchez de ‘No a la guerra’, para ser creíble debería ir acompañada —además del abandono de la OTAN y del desmantelamiento de las bases militares de utilización conjunta hispano-norteamericana— del ‘No a la guerra’, también de Ucrania, pues este conflicto puede enquistarse y está contribuyendo al debilitamiento del Estado del Bienestar. Francesc Serra, experto en relaciones internacionales, cree que lo más probable es que el enfrentamiento actual ruso-ucraniano derive en un alto el fuego y unas fronteras congeladas de facto, como ocurrió en Chipre o en otras regiones, con Rusia controlando Crimea y partes del Donbass y una Ucrania renunciando a cualquier cesión territorial, con lo que, afirma, «el conflicto quedará latente, como una herida abierta que podría reactivarse en cualquier momento y prolongarse durante generaciones».

Como en su día abandonamos Iraq, hay que dejar de apoyar a Ucrania pues no tenemos nada contra Rusia. Y como decía en mi artículo anterior en este periódico, OTAN, de salida, sí, Europa perdió la oportunidad, tras la desmembración de la URSS, de construir una estructura de seguridad colectiva desde el Atlántico hasta los Urales. En eso debería perseverar la diplomacia española.

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