Opinión | Mamá está que se sale
Viernes Santo

Las imágenes del besapié al Cristo del Perdón de Murcia. / Juan Carlos Caval
Hacía tiempo que no veía La Pasión de Cristo, de Mel Gibson. Es verdad que es sobrecogedora. Incluso desde el punto de vista agnóstico, resulta de una crueldad tremenda. La película cuenta todo lo que sucedió tal día como hoy, Viernes Santo, tan solo unos días después de haber entrado, triunfante, Jesús en Jerusalén. Nadie lo sabía entonces, pero solo y la Virgen sabían que tal entrada triunfal no era sino el comienzo de la Pasión a la que estaba destinado.
En la película se refleja el tormento físico, pero también el espiritual, como, por ejemplo, cuando en Getsemaní, además del sufrimiento por la inmediatez de todo lo que le espera, tiene que lidiar con la tentación del demonio, invitándole hasta el último momento a evitar el tormento y cumplir su destino de cualquier otra manera. A los que tenemos fe, cómo no nos va a consolar saber que Jesús también sufrió como habríamos sufrido cualquiera de nosotros, y que se retorció, tentado como un mortal cualquiera.
Más allá de eso, también aparece la figura de Judas. El hombrecillo que creía estar siguiendo a un rey terrenal, y que se revolvió al comprobar la vida penosa y de servicio que era ser un verdadero seguidor de Jesús.
La película se basa en las visiones de Ana Catalina Emmerick. Si las tienes a mano, no sé si decirte que las leas… Es estremecedor saber lo que sintió y pensó el Señor cuando afrontó la inminencia de la Pasión.
Entre otras cosas, la condición humana de los discípulos les hacía imposible entender qué le pasaba al Señor, ni el porqué de aquella revuelta, de repente, tan grave. Cómo son incapaces de acompañar al en Getsemaní, sin entender por qué sufría, se desmayaba, sudaba y se estremecía. El mismo que hacía poco había hecho milagros, y era seguido por multitudes.
Al mismo tiempo, se ve al pobre Judas. Dicen mis hijos que de pobre, nada. Pero yo me entiendo. Cómo fue engañado sin mucho esfuerzo para que entregara a Jesús, y cómo después no pudo deshacer el estropicio, al que accedió creyendo que no iba a ser para tanto.
Mientras tanto, en la cueva de Getsemaní el Señor se retorcía mientras Satanás le preguntaba si iba a sacrificarse por todos y cada uno de los hombres de este mundo. Tan solo una procesión de ángeles sirvió de consuelo al .
Al final, es un consuelo saber que resucitó, y que resucitaremos también nosotros. Porque si pensamos en la gruta, y en todo aquello por lo que murió el Señor, solo podemos estar seguros de que también lo nuestro estaba allí.
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