Opinión | Misa de doce

Director de la Filmoteca Regional
¿Somos un país racista?

Lamine Yamal en el RCDE Stadium durante el partido amistoso entre las selecciones de España y Egipto. Fotografía de Jordi Cotrina / JORDI COTRINA / EPC
El martes, al igual que varios cientos de miles de futboleros, me dispuse a ver el partido amistoso que nuestra selección jugó contra Egipto en el RCDE Stadium de Cornellà de Llobregat en Barcelona. Lo que se presuponía que iba a ser una fiesta del fútbol pronto comenzó a torcerse y acabó por convertirse en una suerte de apología del racismo y la intolerancia.
Todo comenzó durante la ceremonia de los himnos nacionales previa al choque. En ese instante, buena parte de los cerca de 38.000 espectadores que abarrotaban el estadio comenzaron a abuchear y silbar el himno egipcio, menospreciando, de este modo, no solo a los jugadores rivales, sino también la identidad y religión del país de los faraones.
Con el pitido inicial del colegiado, lejos de apaciguarse, la atmósfera se enrareció aún más. En repetidas ocasiones comenzaron a escucharse gritos coreados de "musulmán el que no bote", entonados y amplificados por buena parte del respetable, convirtiendo la grada españolista en una turba ultra que hizo saltar por los aires la convivencia deportiva.
"¡Nos miramos al espejo y nos damos vergüenza! ¡Hemos pitado su himno y les hemos dicho musulmán el que no bote a un país musulmán!". Estas fueron las palabras con las que Rubén Martín, periodista encargado de narrar el partido para la Cadena COPE, mostraba su estupefacción e indignación ante los acontecimientos que estaba viendo.
A mí, sinceramente, estos silbidos y cantos islamofóbicos no me han sorprendido en absoluto. Como suele decirse, al final cada cual recoge lo que siembra, y en este país no estamos sembrando precisamente respeto ni empatía.
Además, es bien sabido que en nuestro país, de toda la vida de Dios, y me avalan unas cuantas décadas asistiendo a estadios, comprar una entrada para el fútbol no solo otorga el derecho a ocupar un asiento en la grada, sino también a participar en una especie de competición por ver quién profiere el insulto más hiriente y original contra la madre del árbitro y las de sus asistentes.
A esta liturgia del insulto, históricamente interiorizada y normalizada en nuestros estadios, se le han sumado en los últimos años discursos de odio que nos bombardean a diario y cuyo único propósito parece ser el de fracturar la convivencia, señalando al diferente para convertirlo en enemigo.
Los hechos relatados parecen haber reavivado, una vez más, el debate sobre si España es o no un país racista. La opinión mayoritaria entre los periodistas, al menos en la prensa deportiva, es que sí. Yo también lo creo, y considero que una parte significativa de nuestra sociedad lo es. Basta comprobar cómo nuestras instituciones apenas reflejan la pluralidad racial de la sociedad actual y cómo, a día de hoy, resulta casi ciencia ficción imaginar a un alcalde, un presidente o un alto cargo institucional gitano, magrebí o latino.
Esta deriva racista en la que se encuentra sumido nuestro país solo puede revertirse a través de la educación: una educación basada en el respeto, la igualdad y la empatía hacia quien es diferente.
Pues eso, nos miramos al espejo y no nos reconocemos. Bueno, igual sí, porque siempre hemos sido así.
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