Opinión | Boulevard Flandrin
La iglesia y el via crucis de las víctimas

Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Bullas, en el cartel de Ferrero Rocher / L.O.
En España no se ignoraba del todo lo que ocurría con algunos curas. Se sabía lo suficiente para no mirar de frente. Se los cambiaba de campanario como quien desplaza una mancha en la pared para no verla al entrar. La sotana no borraba la sospecha; la envolvía en un respeto de baja calidad y en un relato mal cosido, hecho de silencios, titubeos y esa vieja pericia de las instituciones que prefieren desviar la mirada antes que dejar que la verdad se siente a la mesa con su nombre entero.
Aquello no fue solo cobardía. Fue una costumbre arraigada, persistente y tolerada. No era trabajar en perfeccionar el mutismo institucional. Era una carpintería del silencio, una forma paciente de dejar la verdad siempre un poco apartada. Se sabía lo suficiente para callar y nunca bastante para actuar. Así se fue levantando una convivencia con el espanto en la que lo grave no desaparecía, pero perdía contorno, rostro; seguía ahí, aunque rebajado, dejado en ese punto ambiguo donde todavía podía discutirse y, por tanto, aplazarse.
Desde ese fondo hay que leer el protocolo de reparación a las víctimas de abusos sexuales en el seno de la Iglesia católica española. Es un paso necesario, sí, pero llega tarde, como llegan los remordimientos cuando ya hay hemeroteca y el papel ha empezado a hacer el trabajo que otros no quisieron hacer. Llega empujado por una presión que durante demasiado tiempo se intentó esquivar y llega, además, con una fragilidad que lo delata, porque más que un acto limpio de justicia se parece a una cesión vigilada, limitada y cuidadosamente administrada.
Basta volver a las investigaciones periodísticas de Íñigo Domínguez y Grasso para medir la magnitud de esa vieja maniobra. En 2018 se preguntó a las diócesis cuántos casos conocían. Respondieron pocas y el balance fue mínimo. Aquello no describía la realidad; la adelgazaba. Con el tiempo, nuevas indagaciones han documentado miles de víctimas y centenares de acusados. Los números hicieron con la verdad lo que durante años se evitó: darle esqueleto. Cuando empezó a sumar, dejó de parecer un accidente y se volvió un patrón estructural y persistente.
Y ahí se vio mejor que nunca qué era lo que se había estado protegiendo. No una doctrina, sino una forma de autoridad que confió en que el prestigio del altar seguiría pesando más que la palabra herida de los vulnerables. No se juzgaba a los culpables. Se los desplazaba. Se confiaba en la distancia, en el archivo, en la demora, en ese arte viejo de mover el escándalo de sitio.
A las víctimas no las devastó solo el abuso. Lo demás fue una larga posguerra del desamparo: la incredulidad, la espera, el cansancio de tener que repetir lo ocurrido, la intemperie de hablar ante quienes siempre parecían llegar tarde. No fue una herida mal cerrada. Fue una herida condenada a no cerrar, rodeada de reservas y prudencias que servían más para defenderse que para reparar.
Queda otra tristeza, quizá menos visible, que es la de quienes saben o intuyen y, aun así, permanecen. También ahí se prolonga el escándalo. Por eso no basta con un protocolo. No falló solo un cura. Falló una jerarquía, una cultura del encubrimiento que alimentamos y una institución que durante demasiado tiempo prefirió proteger su poder antes que a sus niños. Todo lo demás es incienso, maquillaje y una vergüenza que ningún protocolo alcanza a reparar.
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