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Opinión | Tribuna Libre

Francisco Ruiz López

Donde late el silencio

Jueves Santo no es solo una fecha, es un regreso, un volver al origen

Procesión del Silencio, en Lorca.

Procesión del Silencio, en Lorca. / Solete Slow Photo

En el corazón de la Semana Santa de Lorca existe una cita que huye del estruendo y la espectacularidad para refugiarse en lo pasional. Es la Procesión del Silencio del Paso Encarnado, que cada Jueves Santo recorre las calles del barrio de San Cristóbal envuelta en una atmósfera difícil de describir para quien no la ha vivido.

La noche del Jueves Santo no cae en Lorca, se revela.

Hay un instante —breve, casi imperceptible— en el que el tiempo se detiene y la ciudad deja de ser ciudad para convertirse en memoria viva. Es entonces cuando el rojo irrumpe, no como color, sino como latido. Como una herida abierta que atraviesa los siglos.

La Procesión del Silencio no busca impresionar. No necesita hacerlo. Se sostiene en algo mucho más profundo: el respeto, la memoria y la fe heredada. Las tres imágenes avanzan sin prisa, como si el tiempo caminara con ellas. Pero lo que ocurre esa noche va más allá de lo que se ve. Está en los detalles.

En las manos que durante años vistieron nazarenos y estandartes, como mi abuelo y mi tío, y que hoy siguen haciéndolo como un legado que no entiende de finales. Está en un redoble de tambor que no es solo música, sino identidad. En una saeta que rompe el silencio sepulcral de la noche. En el crujir de las maderas de los tronos, que parecen hablar en un lenguaje antiguo.

Y está, sobre todo, en lo que uno siente. Porque el Jueves Santo no es solo una fecha. Es un regreso. Es un volver al origen.

Cada año, cuando llega ese momento, algo en mí se detiene y renace al mismo tiempo. Como si todo estuviera exactamente donde tiene que estar. Como si, por unas horas, no existiera nada más allá de esas calles, de ese barrio, de ese silencio. Y entonces, sucede.

A medianoche, cuando el Santísimo Cristo de la Sangre cruza el atrio de la iglesia de San Cristóbal, el tiempo deja de avanzar. No hay pasado ni futuro. Solo un instante perfecto, suspendido, que pertenece a todos y a nadie al mismo tiempo.

La Procesión del Silencio no solo recorre calles. Recorre generaciones.

Porque hubo otros antes haciendo lo mismo, en el mismo lugar, bajo la misma noche. Y en ese reflejo, uno entiende que no está solo. Que forma parte de algo que empezó mucho antes y que seguirá mucho después.

Eso es lo que heredamos los encarnados. No solo una cofradía. No solo una noche. Un sentido de pertenencia. A un barrio, a una historia… y a un Cristo que, en San Cristóbal, siempre será el Rey.

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