Opinión | Pasado a limpio
La buena muerte
La dignidad de la vida humana es un valor superior que, no sólo sirve de guía interpretativa de la ley, sino que se convierte también en idea motriz de la legislación

Una escena de ‘El último samurái’ (2003).
El Derecho fue uno de los mayores legados de Roma, no porque no existiera antes, pues otras sociedades y civilizaciones tuvieron leyes mucho antes, pero Roma lo sistematizó y formó un auténtico cuerpo doctrinal. No es nada sorprendente que el espíritu liberal burgués del XIX se parezca tanto a la concepción romana de la propiedad.
Pero el Derecho Romano pasó por el tamiz del Derecho Canónico, no sólo en instituciones fundamentales para la vida social como el matrimonio, sino en ciertos principios éticos que, regados con la copiosa sangre de miles de batallas, cuajaron en fructíferos e imprescindibles presentes de nuestra civilización. La idea de un Derecho Natural frente y superior al derecho positivo introdujo un concepto finalista e interpretativo del Derecho que, secularizado y desprovisto de todo vestigio divino, ha sido una pieza clave en la construcción de las modernas constituciones con su elenco de derechos y libertades fundamentales, cuya proyección universal está bien enraizada en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, con notables antecedentes fruto de la Revolución Gloriosa en Inglaterra y de la Revolución Francesa. El poder absoluto del monarca, como el ilimitado dominio sobre la propiedad, decayeron en aras de la división de poderes y la función social de la propiedad, concepto imprescindible para la construcción de los modernos equipamientos públicos, tanto urbanos como interurbanos.
Fruto de esa concepción, fue la construcción del concepto de persona y su extensión a todos los seres humanos, que concluyó con la abolición de la esclavitud, tan traumática en su consecución como inalienable en la actualidad. La dignidad de la vida humana es un valor superior que, no sólo sirve de guía interpretativa de la ley, sino que se convierte también en idea motriz de la legislación. Como ejemplo, baste la cita del artículo 10 de nuestra Constitución, proclamación solemne de la dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes y el libre desarrollo de la personalidad como fundamento del orden político y la paz social.
Colegir de ello que el derecho a la vida forma parte de ese principio no exige ningún esfuerzo intelectual, pero entender que ese derecho inalienable implica el derecho a decidir conscientemente sobre la propia vida y que esa decisión comporta también la posibilidad de ponerle fin, especialmente si vivir se hace intolerable con un mínimo de dignidad, exige un mínimo de raciocinio.
La eutanasia es una palabra dura: la buena muerte. ¿Qué significa? Para un guerrero podrá significar morir en una buena lucha. Pero para quien padece una enfermedad degenerativa e irreversible, tal vez sea poner fin al sufrimiento, incluso mediante la extinción de la propia vida. En la memoria colectiva, la agonía de Ramón Sampedro por el reconocimiento a morir dignamente y su preocupación por la impunidad de quien le asistiera en el suicidio consciente, deliberado y voluntario.
El de Noelia Castillo no es un caso tan distinto, pero su padre y Abogados Cristianos plantearon una auténtica batalla legal condenada al fracaso judicial, que prolongó una agonía difícilmente soportable. Si algún día son capaces de comprender el sufrimiento añadido que han causado a esta mujer, tal vez empiecen a ser un poco humanos. No podemos quedarnos ahí, porque una batalla jurídica de más de dos años para tratar de evitar una eutanasia querida por la propia interesada, reiterada y contrastadamente, no tiene explicación con la de crímenes y masacres, genocidios incluso, de tantos que tenemos noticia, ante la impasividad de esos mismos fundamentalistas.
El integrismo avinagra una sociedad y la convierte en un auténtico infierno. No es sólo el religioso, también el ideológico. Un grupo de fanáticos se erigen en guardianes de no se sabe bien qué esencias, marcan la ortodoxia en las costumbres, generan censura y represión, delación y violencia irracional. Tenemos ejemplos sobrados en nuestra historia y en la de otros países, no tan lejanos en el tiempo o en la geografía. Su fanatismo alcanza las artes, el urbanismo y hasta la composición musical. ¡Vade retro!
Otro caso: una chica youtuber catalana celebraba que Telepizza hubiera incluido en su carta en Lleida y Badalona una pizza halal. ¡Para qué quieres más! La presidenta de Abogados Cristianos puso el grito en el cielo, pidiendo en Cuaresma un menú especial sin carne y alegando discriminación de los cristianos. El argumento no merecería mayor desprecio, si no fuera por el auge del papanatismo.
El vicepresidente de EE UU, J. D. Vance, dice estar obsesionado con los extraterrestres, que son demonios y que la gente no cree en el diablo porque éste los convence de su inexistencia.
¡Cuánto mejor sería reunir a tanto tonto y mandarlos a un planeta muy lejano! Mientras tanto, veré la procesión de esta noche, un vestigio de los antiguos autos de fe, con sambenitos y capirotes, antiguas prendas de los condenados. No arderá nadie en la hoguera y, con un poco de suerte, hasta conseguiré algún caramelo. Delicioso, inalienable y laico placer.
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