Opinión | Las fuerzas del mal
Cabestros
Es bueno saber que nada bueno puede esperar cualquier mujer de esa actitud de no considerar a una mujer lo suficientemente digna como para participar en su cofradía

Un momento de la procesión de Viernes Santo en Sagunt. / Daniel Tortajada
Cuando Ana Olga Meca Casbas decidió ponerse una túnica de mayordomo del Paso Azul en Lorca, en 1999, parecía que hubiera traicionado una regla no escrita al ser mujer y vestir la túnica azul con corazón, maría, cíngulo y cruceta bordada con motivos vegetales, como se precia en una hermandad llamada de Labradores, y escribir su nombre en el orden de procesión del Viernes de Dolores. Por lo que le dijeron algunos de los que eran sus hermanos en la Virgen de los Dolores, parecía que apuntaba a la clave del arco que sostenía la cofradía. Ana Olga salió como mayordomo que era, desde su nacimiento, presentada y avalada y con su cuota al día, y nada terrible sucedió. Hay quien trató de borrar ese logro, contando la historia más como un resentimiento que como un sentimiento; pero al final, con su hija Andrea de la mano, puede ver cómo otros nombres de mujeres se escriben en ese orden de procesión y trabajan día a día en su hermandad, en Lorca.
La historia de Ana Olga es una de tantas de las mujeres que se abrieron paso en los territorios tradicionales que ellas transitaron siendo niñas sin ningún problema. El final de la década del siglo pasado vio cómo muchos presuntos cotos solo para hombres iban cayendo porque, también, esos mismos hombres que mantenían esos espacios tenían hijas a las que querían con locura y deseaban que ellas compartieran esas mismas experiencias. Las tamboradas, las fiestas de moros y cristianos y otras manifestaciones no exclusivamente religiosas, pero todas con un componente tradicional, se han ido abriendo a la participación de todas y de todos sin que ser mujer sea, de pronto, la muralla que nunca te supuso ser niña. Todas esas fiestas se han beneficiado de la pujanza de personas que aportan ideas y descubren nuevos caminos en el eterno debate de por qué están allí las mujeres. Pues porque sí, y para quedarse.
Sin embargo, toda comunidad debería fijarse, si existiera entre ellos, en un espacio tan recalcitrantemente masculino como el de la Cofradía de la Purísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, la cofradía de Sagunto que se niega a seguir, no ya los principios de la Constitución Española, sino los dictados del Derecho Canónico. Digo que debería porque es una enseñanza genial para mujeres y niñas, pero también para madres, padres y hermanos de las mujeres del elenco que se atrincheran en la guarida. Ni planchar un pantalón, ni coser un botón, ni arreglar una túnica, ni engalanar esa iglesia; nada, ni tocarlos con un palo de escoba con el que han de barrer el templo. Mientras el Ayuntamiento de Sagunto y, sobre todo, el Arzobispado de Valencia se ponen de perfil y no arreglan el entuerto, es bueno saber que nada bueno puede esperar cualquier mujer de esa actitud de no considerar a una mujer lo suficientemente digna como para participar en su cofradía. Dentro de lo malo, es conveniente ir avisados, al menos los cabestros del lugar se señalan solitos. Así que no hay mal que por bien no venga. Ah, ni que cien años dure.
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