Opinión | Dulce jueves
Turismo en las ruinas
Apoyar al pueblo cubano consiste en no confundir nunca al pueblo con quienes llevan décadas decidiendo por él

Fotografía de personas caminando por una calle en La Habana (Cuba) / EFE/ Ernesto Mastrascusa
Tras casi siete décadas de dictadura, la posibilidad de cambiar la vida de millones de cubanos nunca ha estado tan cerca. Cuba lleva décadas atrapada entre la resignación, la complicidad de la izquierda con los crímenes, la coartada del bloqueo y el deseo de la población de un derrocamiento definitivo. Y el resultado ha sido siempre la perpetuación del sufrimiento. Hoy la esperanza del cambio es real. Sin embargo, justo cuando esa oportunidad empieza a abrirse, aparece un fenómeno antiguo, previsible y desolador: la izquierda que confunde causas con escenografías.
El problema no es nuevo, pero en Cuba se vuelve especialmente hiriente. Persiste la tendencia a convertir el antiimperialismo en refugio moral de legitimación de la dictadura más larga de América. Lo hemos visto estos días con la flotilla promovida por líderes de la izquierda internacional, que disfrazada de misión humanitaria no es más que una operación propagandística que sirve de coartada al régimen.
La iniciativa solo puede causar sonrojo. Mientras millones de cubanos viven con salarios míseros, padecen apagones diarios y hacen colas interminables para conseguir alimentos de pura supervivencia, por no hablar de las librerías vacías de libros y las cárceles llenas de presos políticos, los líderes extranjeros se muestran como espectadores privilegiados de la miseria y cómplices de la represión. Estos izquierdistas de salón, nostálgicos del Muro, demuestran una vez más que no les importa el bienestar de los cubanos, pues los utilizan como escenografía para su turismo arqueológico por el comunismo. Como ha escrito Carlos Manuel Álvarez: «La flotilla humanitaria pudo haber llegado a La Habana hace cinco meses, hace dos años o hace cuatro, la situación del país no es peor hoy que en ese entonces, pero en aquel momento no había una foto antimperialista que tomarse. Así saquean, como conquistadores, la reserva simbólica del conflicto en disputa. ¿Para qué alguien de izquierda va a Cuba en tales condiciones, si no para el cultivo reaccionario de su propia épica?»
Ahí tenemos a Pablo Iglesias, referente político de la izquierda revolucionaria global, llegando a La Habana para apoyar la revolución desde un hotel de cinco estrellas: «La situación es difícil pero no como se presenta desde fuera». Junto a él, Javier Sánchez Serna, diputado de Podemos: «No podemos dejar sola a Cuba». Les ha faltado agarrar el kalashnikov como Silvio Rodríguez y salir disparados hacia Playa Girón a matar «canallas con su cañón de futuro», aunque sea con fusiles y canciones de otra época; eso sí, jaleados desde medios españoles comunistas, que todavía los hay, como el diario Público.
Nunca ser revolucionario resultó tan barato. Porque en lugar de desafiar al poder, posan junto a él. En lugar de arriesgarse, participan en una escenografía diseñada por quienes necesitan legitimarse. Apoyar al pueblo cubano no consiste en repetir consignas ni en blindar a sus gobernantes frente a cualquier crítica, sino en lo contrario: en no confundir nunca al pueblo con quienes llevan décadas decidiendo por él.
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