Opinión | Mujeres interesantes
MARÍA MARTÍNEZ
María Villó, un corazón amoroso
Maruja ‘La Papirusa’, caravaqueña de 86 años, recuerda una vida marcada por la dureza, pero también por el amor, la alegría y el apoyo de su familia

María Villó / L.O.
Más conocida como Maruja ‘La Papirusa’, esta caravaqueña de 86 espléndidos años representa a una generación de mujeres que tuvieron una ‘vida muy dura’, repite. Dureza que no le impidió ser alegre, sociable, amorosa y conversadora. Sus padres se separaron cuando ella tenía cuatro años y sus abuelos maternos, dueños en Caravaca de la conocida perfumería La Papirusa (de ahí el apodo), la criaron. Fue al colegio de monjas, pero pronto ayudó en la tienda familiar cogiendo medias muy hábilmente (con ocho años) a dos y cinco pesetas. Sus abuelos marcharon a Barcelona y su madre y ella quedaron al frente del negocio hasta que se casó con 23 años con un guapo delineante, Jesús, fallecido en 2017. Le echa mucho de menos porque fue muy feliz con él, y su cama vacía al lado de la suya simboliza su recuerdo diario.
Maruja sigue muy guapa: pelo castaño, ojos vivaces, elegante: así luce en Facebook, donde la piropean por su cumpleaños. Le gusta el azul, marino como el mar donde ha nadado con tanto estilo. De jovencita hizo un curso de tres meses de esteticien en Barcelona donde vivía su padre. Y cuando volvió a la perfumería se arreglaba bien con las muestras de las barras de labios que las oficialas del sastre, admiradas, le compraban.
Aunque tuvo varios pretendientes, dice coqueta, Jesús llenó su corazón (desde que ‘abrió la boca’) por su educación. De novios hicieron una obra de teatro cuyos beneficios fueron a la cabila Abu-l-Jattar: como caravaqueña es festera. Y entonces llenaron el aforo: corrió por el pueblo que se habían ennoviado y fueron a verlos subidos al escenario. Con ese amor huracanado y certero tuvo dos hijas, María José y Ana, más los dos que Jesús, viudo y mayor que ella 14 años, aportó.
Juan Alberto tenía cinco años cuando ella lo acogió maternalmente. Vive con ella, y es ‘mi cielo’, dice. La lleva a misa al Carmen (Maruja es creyente y habla con Dios) y al médico, pues le dio un infarto cuando murió Jesús. Su corazón está delicado, con marcapasos. Ya no madruga, se levanta a las diez, y sale con dos amigas (Loli y Antonia) a tomar un vinito blanco. Le gustan las migas y la tortilla de patatas (con cebolla). Y el cine: aún recuerda cuando por dos pesetas veía sesión doble.
Entre hijos y cinco nietos se siente muy acompañada; además, una de sus hijas vive pendiente en el piso de arriba. Quisiera morir tranquila, comenta. Su corazón palpita y resiste, aunque ha sufrido (no puedo contar ciertas cosas) también ha amado mucho. ¡Qué bello es vivir! Y ella tiene ganas. Vamos, Maruja.
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