Opinión | El retrovisor
La primavera

Paseo Alfonso X 'El Sabio' con sus terrazas. / Archivo TLM
Después de San José, si las promesas de la estrenada primavera se cumplen, ellas se despojarán de sus medias y ellos de sus elásticas. En otros días, los balcones se abrían de par en par dejando ver que los hogares con macetas y jaulas con canarios y periquitos -tristes tiempos estos en los que no se permite la venta de pájaros- son casas con alegría que se visten de color ante la llegada de la estación vernal. Una estación comprometida con la literatura, con la poesía.
Cuando ya se van teniendo más recuerdos que esperanzas, se goza más del tesoro de la primavera. Superados los cincuenta abriles, se llega a poseer una larga experiencia primaveral: un doctorado de tierra caldeada, de jazmín mojado…
A los más jóvenes les hierve la sangre y el acné juvenil así lo demuestra. La primavera pide calle y ninguna como el paseo de Alfonso X ‘El Sabio’, todo un escaparate primaveral en otros días -hoy trastocado por casetas promocionales, un día sí y otro también-. Los plataneros lanzan a los cuatro vientos su polen y, en días menos turbulentos, la amplia terraza del Café-Bar servía de pasarela para que la juventud de décadas pasadas luciera su palmito. Terraza poblada de universitarios a la salida de clase, hambrientos que calmaban su estómago con las exquisitas ensaladillas que servían Pedrín, Pepito o Alvarito.
Lugar de concentración de amistades en el Bando de la Huerta y núcleo fundamental en las mañanas sardineras. La pérdida de esa terraza -hoy concentrada en un pequeño rincón con efluvios de orines, junto al citado bar y las iglesia de Las Claras- supuso un duro golpe para el paseo y el aperitivo dominical de los vecinos capitalinos.

Palacio Episcopal / Archivo TLM
Ayer Murcia olía a azahar y a limón, a rosas y a fresas, las que se vendían por Trapería en sus canastillos coronados por su papel rojo bermellón, que guardaba aquella joya menuda y olorosa, de sabor exquisito que fue la fresa murciana, compañera insustituible en las mañanas de primavera. Todo se va, todo se pierde, todo se transforma convirtiéndose en impersonal, cuando no vulgar.
Con la primavera y sus radiantes días, con los primeros calores, se hacían apetecibles los primeros helados de ‘Las Rubias’ (Monerri) o la Benejamense, con aquellos golosos cucuruchos de cremosa fresa. Igualmente son inolvidables los merengues de Alonso, de café o de fresa, con una fresa interior como tesoro oculto. Hoy como ayer, imperturbables al paso del tiempo, moreras y rosales comienzan a abrir sus yemas en una explosión de color, cita a la que no faltan el jacinto, la margarita, la begonia y la mimosa.
La plaza de Belluga se convierte en imagen Murcia y allí, muy pronto, guiris y menos guiris se solazarán ante las viejas piedras de la Catedral y del palacio Episcopal, en las terrazas que la inundan. El tiempo se llevó la fuente que humedecía el ambiente en los calurosos días del estío, quedando arrinconada frente al viejo caserón de lo que fuera el Seminario de San Fulgencio. Al igual que dejaron de existir la parada de galeras y la de taxis, donde sentaron sus reales taxistas pioneros como ‘Colleras’, ‘Beltrán’ y ‘Chirrete’.
La plaza se impregna de azahares en naranjos venidos a menos en número, aquellos que embriagaron a turistas extranjeros llegados del frío, que hoy muestran sus pantorrillas y hombros creando contraste con los últimos abrigos del invierno que ya se fue. La plaza aparece concurrida, viva, ante una memoria que echa en falta los paseos de seminaristas de becas verdes y el trasiego del clero con sotanas en su ir y venir al Palacio Episcopal. Mirar a Palacio en Belluga es también traer a colación la excelente rehabilitación del mismo, cuando su estado era cochambroso, gracias a los nombres de monseñor Ureña y Carlos Egea Krauel. Aquella plaza, similar a la de un barrio de Roma con edificios de muros manchados y desconchones, balcones y rejas de buche, muros de una vieja Murcia que contrastan con el espanto que producen las impersonales construcciones que propició el desarrollismo.
La estación radiante vuelve en un mundo convulso, en un año en el que prima la guerra y la destrucción; una primavera que se promete austera debido al agobio de los bolsillos que obligará a la mayoría a disfrutar de las excelencias que ofrece nuestra tierra. Una vez más, la primavera ha venido y todos sabemos cómo ha sido.
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