Opinión | Las fuerzas del mal
El niño en el templo
Se encuentra Pepe, en este momento que les narro, en el crucero de San Patricio en Lorca, un templo al que otros le robaron su alarde de catedral, al pie del presbiterio y dispuesto a pregonar un evangelio, el de la Semana Santa de Lorca, a una audiencia que tiene su propia palabra sagrada escrita en su vida y su memoria

Fotografía de Enrique Olcina.
Se vino Pepe Pérez-Muelas desde Sevilla a su Lorca a pregonarnos la Semana Santa. Se vino con su idea, su entonación y su alma en unos folios bajo el brazo, mientras sostenía a Julio y, en el otro brazo, prendida venía Mercedes. Se vino Pepe a Lorca en esa encrucijada de su camino, el momento crucial, cuando le toca sostener la luz que le iluminó a él para que su hijo perciba, más allá del halo del pábulo, el aterciopelado matiz azul de una oscuridad casi negra que puede albergar tanto horrores como sueños. Aunque haya otras luces que puncen esa oscuridad hasta hacerla amable, Pepe, que viene de cartografiar el mundo en su obra Homo Viator, de la editorial Siruela, 2023, no encuentra mapa lo suficientemente detallado que le pueda afirmar que no acecha, en ningún lugar del futuro, un desconocido nido de dragones para su sol de Julio nacido en mayo.
Se encuentra Pepe, en este momento que les narro, en el crucero de San Patricio en Lorca, un templo al que otros le robaron su alarde de catedral, al pie del presbiterio y dispuesto a pregonar un evangelio, el de la Semana Santa de Lorca, a una audiencia que tiene su propia palabra sagrada escrita en su vida y su memoria. Como el niño perdido y hallado en el templo, nos habla al sanedrín con claridad de cosas que creíamos conocer y no habíamos visto, y de otras que, de haberlas visto tanto, no sabíamos que existieran. Cada uno de nosotros trae su mundo y en todos ellos Pepe nos encuentra, pero no en los lugares comunes, aunque podría haberlo hecho. Podría habernos pintado un paisaje conocido, un caballo al galope o un grito al viento, pero elige el dolor, la muerte, el espanto y el silencio; y aunque esos sustantivos parezcan tremebundos, Pepe los acompaña de luz, ternura, asombro, perplejidad y recuerdo.
Pepe ejerce de pregonero y de azul en esta ciudad tan azul y blanca, lanzando pullas escondidas en detalladas y emotivas descripciones, y llamando al abrazo fraterno a quienes nunca podrán estar de acuerdo pero que no podrían existir el uno sin el otro. Para el pregón de Pepe habría que haber estado preparado con los cinco sentidos y, aun así, nos habría faltado un sexto. Muchos salimos confundidos porque, para la voz que plantó, no teníamos una lengua de fuego que nos diera el idioma para descifrarla, pero eso tiene arreglo. Solo hay que sentarse a leerlo tranquilo, despacio y de nuevo. Más allá del recuerdo de ese viernes, Pepe nos deja un eco escrito preciso, precioso, perfecto. Así que, si tienen conocidos en Lorca, hagan por conseguir el texto.
A Pepe Pérez-Muelas hay que quererlo por estas cosas, aunque a veces haya que darle un pellizco para ponerlo a vivir porque te saque de quicio. En ese acto de cariño, les traigo noticia de Pepe, su pregón y Lorca, para que no puedan decir que no lo supieron.
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