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Opinión | TRIBUNA LIBRE

Alexander González Vega

La lluvia no basta: la gestión del agua, presente y futuro del campo

2026 ha arrancado de una forma poco habitual respecto a los últimos años. Varias borrascas intensas y persistentes dejaron el segundo enero más lluvioso del siglo XXI y embalses por encima del 80% de su capacidad, niveles que no veíamos desde principios de la década pasada han cambiado el panorama de la sequía. Pero no debemos confundirnos, estas grandes cantidades de agua no bastarán para contrarrestar una sequía y unos desajustes climáticos que ya son estructurales.

Por eso, aunque el caudal de lagos y ríos parezca más optimista, el debate de fondo sigue plenamente vigente, ya que la gestión del agua es uno de los grandes desafíos actuales. Y por supuesto, en este contexto, la agricultura tiene un rol protagonista. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, solo la agricultura concentra el 72% de la extracción de agua dulce del mundo, pero un dato muy preocupante es que la misma FAO estima que los cultivos suelen emplear menos del 50% del agua de riego que reciben.

Si el sector agrícola utiliza tanta agua, los agricultores se convierten en actores indispensables para mejorar su eficiencia y uso responsable. Esto, mientras la presión para producir más aumenta, según la FAO, en 2050 necesitaremos un 50% más de alimentos que en 2012 para abastecer a la población mundial. Desde luego, el reto no es menor, la agricultura deberá producir más con menos, lo que supone reducir el consumo de agua, el uso de insumos y el impacto ambiental.

Es aquí donde el rol de la innovación tecnológica empieza a ocupar un papel decisivo. A lo largo de la historia, el campo ha avanzado en gran medida gracias al conocimiento compartido de generación en generación. Hoy, estamos ante un punto de inflexión. Ahora, este gran conocimiento y los avances tecnológicos del último siglo se complementan con herramientas digitales de tal nivel que permiten entender mejor qué ocurre en cada parcela plantada y tomar decisiones más informadas. Y el papel de España es especialmente relevante, así lo determina el Sistema mundial de información de la FAO sobre el agua en la agricultura (AQUASTAT), posicionándonos como el segundo país con mayor superficie de regadío agrario de la Unión Europea, con unas 3,7 millones de hectáreas, apenas superadas por Italia.

Una máxima muy repetida y veraz es que lo que no se mide, no se puede gestionar de una manera óptima. Y, justamente, la digitalización y la agricultura de precisión permiten eso, cuantificar con exactitud cómo se usan los recursos, cómo se comporta el suelo y cómo reaccionan los cultivos ante distintas condiciones y cambios.

Además, es importante recordar que los problemas de agua en la agricultura no solo tienen que ver con la escasez, también con su distribución. Zonas con exceso de agua, problemas de drenaje o escorrentías que arrastran suelo fértil son situaciones habituales que afectan directamente a la productividad. Entender cómo se mueve el agua dentro de una parcela es clave para mejorar la sostenibilidad y el rendimiento del terreno. Y es gracias a la recopilación y el análisis de datos que hoy es posible identificar áreas con déficit o exceso hídrico, optimizar riegos y aplicarlo donde y cuando se necesita, evitando pérdidas, mejorando la eficiencia y aumentando la competitividad de nuestras explotaciones agrícolas.

Efectivamente, las herramientas que ofrece la agricultura de precisión permiten analizar el terreno, comprender la dinámica del agua y diseñar estrategias basadas en datos. En definitiva, se trata de evolucionar de una agricultura reactiva a una agricultura planificada y eficiente. Se trata de un cambio crucial en la agricultura en general, pero especialmente en regiones con un clima muy cambiante, como las zonas mediterráneas, en las que la disponibilidad de agua afronta desafíos crecientes con periodos de sequía cada vez más frecuentes y prolongados, y una demanda cada vez mayor, lo que obliga a repensar cómo gestionamos este recurso tan preciado.

Ante este escenario, la tecnología debe verse como una herramienta eficaz para garantizar la viabilidad del campo en el futuro, pero también en el presente; y no solo desde el punto de vista medioambiental, también desde una perspectiva económica. Esto pasa por equilibrar productividad y sostenibilidad, y en ese equilibrio la gestión eficiente del agua va a ser cada vez más determinante. Aprovechar al máximo cada gota, entender el suelo y tomar decisiones basadas en información fiable serán claves para avanzar hacia un modelo agrícola más resiliente, pero también más rentable.

Jornadas conmemorativas como la del Día Mundial del Agua, nos recuerdan que este recurso es demasiado valioso para darlo por supuesto. Cada avance que permite a los agricultores usar el agua de manera más inteligente es una inversión real con efectos más rápidos de los que nos pensamos.

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