Opinión | Salud y rock and roll
El fin de la improvisación

El fin de la improvisación / Olga Pervahuman
Todo ha cambiado demasiado; después de la pandemia, la vida a la que estábamos acostumbrados se esfumó para siempre. Despertamos con hambre ansiosa y una necesidad patológica de planificar hasta el último suspiro. La manera de salir, ir a un concierto o de vacaciones ahora debe estar organizada con antelación. Si quieres cenar un viernes noche y no has reservado el martes anterior a las diez de la mañana, tu destino es el sofá y una pizza precocinada. Se acabó la aventura, fin de la improvisación.
Tú, que me estás leyendo, igual que yo, en el último año has comprado entradas para ir a algún concierto dentro de diez meses o hasta dentro de un año. Compramos para nuestro «yo» del futuro como quien contrata un plan de pensiones, rezando para que, cuando llegue el día, estemos vivos, no tengamos gripe o, simplemente, sigamos teniendo ganas de escuchar a ese grupo. La mayor parte de las veces reconozco que no sé ni lo que voy a hacer la semana siguiente, así que imagina el esfuerzo mental de planificar un concierto o cualquier plan en la vida a largo plazo. Viajar debería ser una experiencia enriquecedora y relajada, pero se ha convertido en algo estresante y masificado. Quizás os parezca que soy una exagerada, pero creo que no. Entre todos hemos alimentado a la bestia, las redes sociales. Y con ellas a los influencers (creadores de contenido), esos que un día van a esa cala escondida que tanto te gusta. No van a bañarse, qué va. Los ves aparecer con un aro de luz portátil y esa mirada de quien solo ve el mundo a través de un filtro de Instagram. La cala deja de ser un refugio de paz para convertirse en un producto. Y en cuanto suben el video con la etiqueta «Joyas ocultas que no puedes perderte», a la mierda. A la semana siguiente, hay una cola de tres horas de personas que quieren hacerse exactamente la misma foto, en la misma roca. O el restaurante al que te encanta ir, o ese bar que tiene servilletas que no limpian, pero el mejor vermú de la ciudad y el camarero que te gruñe al llegar. En el momento en el que los creadores de contenido aparecen a probar la croqueta melosa de turno o el vermú que beben los modernos, se rompe la magia, la pureza. Las colas para entrar, las etiquetas en Instagram, el FOMO (es el miedo a perderse algo o la ansiedad que provoca pensar que otros están viviendo experiencias mejores, más emocionantes o más gratificantes mientras tú no participas). Hemos cambiado el placer de descubrir por la obligación de mostrar. Y lo peor de todo es que he formado parte de este circo más de una y más de dos veces. No tengo nada en contra de los influencers y de las nuevas maneras de comunicar; creo que los tiempos cambian y hay que adaptarse, creo que su labor puede aportar valor positivo a la sociedad y a su audiencia a través de la educación y la divulgación, la inspiración, el entretenimiento y la creación de comunidades, actuando como un puente con el público general. Pero hago un llamamiento a la desconexión, a descubrir los sitios donde tomar el mejor bocata de pastrami y disfrutarlo sin tener que contárselo al mundo, o el silencio de una playa en Cabo de Gata y guardar para nosotros ese lugar y la compañía. Al final, el verdadero lujo no es estar en el sitio donde todos quieren ir, sino en el lugar donde nadie te espera. Quizás la próxima vez que encontremos ese rincón especial, ese bocadillo de pastrami que te reconcilia con la vida o ese silencio sepulcral frente al mar del Cabo de Gata, el mayor acto de rebeldía sea simplemente dejar el móvil. Guardemos algo para nosotros, para nuestra memoria real. Al fin y al cabo, la belleza que se comparte de forma masiva suele morir, pero la que se vive en secreto, esa, nos pertenece para siempre. Devolvamos la magia a la improvisación y dejemos que el mundo vuelva a ser, de vez en cuando, un lugar por descubrir y no solo un escenario por etiquetar. Dejemos el móvil guardado, volvamos a mirar a nuestro alrededor, a disfrutar sin pantallas. ¡A lo loco!
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