Opinión | El que avisa no es traidor
Asfixia continuada

Una imagen de archivo de la ciudad de Murcia cubierta por una 'nube' de contaminación / L.O.
Se viene la primavera encima con malos augurios para lo que se respira. En la Región de Murcia por lo menos. Llegarán semanas en las que muchos agradecerán al cielo no sufrir Epoc, enfisema, insuficiencia respiratoria o «solo» alergia de cualquier tipo. Las maravillosas floraciones que asombran al mundo tienen su lado oscuro frente a la luminosidad que las realza. Una vez más, habrá lamentos por la calidad de lo que entra en los pulmones, que ya no se sabe muy bien si llamarlo «aire», tal es la cantidad de inmundicias variadas que lo componen.
Esto no es nuevo. Hace años que se sufre. Pero no se repara en que los malos aires tienen orígenes claros y, las más de las veces, también soluciones. Distintas para cada punto de la Comunidad pero todas sabidas y nunca aplicadas. De momento, las autoridades concernidas se empeñan en publicitar la instalación, puesta a punto y nueva situación de medidores, en lo que parece un sarcasmo cruel hacia los sufrientes respirantes. «No se preocupen», parecen decir a cada acto con foto imprescindible, «que ya estamos midiendo bien» la suciedad que los ciudadanos aspiran.
Todo se queda en eso: se dice que se averigua qué pasa pero no se actúa para arreglarlo. No se actúa diligentemente, al menos. Con lo cual, sabremos cada vez con más precisión qué tipo de guarrería nos va matando anticipadamente poco a poco, pero también seremos conscientes de lo poco que se ha hecho para evitarnos el tránsito definitivo a la nada. En 2021, gracias al Observatorio de la Sostenibilidad se supo que las tres ciudades españolas de más de 80.000 habitantes con más contaminación por partículas eran Marbella, A Coruña y Murcia, que superaban a las «clásicas» Madrid y Barcelona.
Prácticamente nada ha cambiado desde entonces. En la última lista (julio 2025) de la Agencia Europea del Medio Ambiente (EEA) sobre contaminación aérea en 761 ciudades con más de 50.000 habitantes en el Continente, de menor a mayor, Murcia aparece con el 574 y Cartagena con el 434; Madrid con el 638 y Barcelona con el 647. Compárense los tamaños de las cuatro urbes y sus puestos respectivos. La conclusión es obvia.
Si a ello añadimos que Applus-Iteuve (web de las ITV españolas) etiquetó en febrero pasado San Basilio (Murcia) como la séptima zona (barrio) más contaminante de España, el gráfico del desastre se completa. La capital regional sigue siendo, pues, la séptima ciudad española, también en suciedad ambiental.
Como señaló por su parte, aunque quizá no con suficiente fuerza, el informe de Ecologistas en Acción sobre la calidad del aire en la Región durante 2025, recientemente presentado, la principal causa endógena de las partículas que provocan la irrespirabilidad es el tráfico rodado: la «Murcia cochista» que gusta decir reiteradamente Lola García en este periódico, sin que nadie le haga caso.
Son numerosos los expertos que, desde hace ya dos décadas, señalan que el tráfico no puede mejorar mientras no exista un transporte público eficiente y mínimamente «limpio». En Murcia, aparte de inventarse hace años la falacia municipal de llamar «ecológico» al autobús propulsado a gas natural —circula el chascarrillo de que solo hay uno—, nada se ha hecho al respecto desde ninguno de los equipos de Gobierno que han pasado por la Glorieta. Medir, sí; se mide mucho. O eso dicen. Pero hasta resulta que las estaciones de control o estaban averiadas o mal colocadas.
Resultado: la capital —y otras ciudades regionales— se desliza a velocidad progresiva por la pendiente de la asfixia continuada. Trufada de bellas flores, por supuesto, en los primaverales parterres cuyo coste millonario tendría mejor empleo mejorar el transporte público, por ejemplo. Pero que sigan, que sigan midiendo. Hasta que el aire se corte a cuchillo.
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