Opinión | Este humano desorden
El sol tranquilo del invierno

Paísaje de un atardecer invernal / L.O.
Me gusta el sol tranquilo del invierno. Así: después de haber llovido. Así: cuando baña las ramas mojadas y desnudas de los árboles. Así: cuando sale y arrambla con el gris y se lo lleva o lo borra. El sol resucitado. Ese calor fugaz que es casi un alimento. Ese fulgor limpio que emerge cuando las nubes se abren y el cielo recupera su azul de porcelana fría. El sol de cuando la luz más pura cae de pronto sobre el mundo y estalla con una especie de claridad casi eléctrica sobre el asfalto y las piedras y las aceras y los escaparates de las mercerías. Es tan hermoso el sol en los escaparates de las mercerías y de las tiendas de ropa.
Cuando yo era pequeño había una mercería en la calle Mayor donde al mediodía daba muy bien el sol en las bobinas de hilo y en los botones cosidos a un cartón. Cuando sale así el sol, lo pone todo como recién parido o barnizado y el cielo entonces se duplica en los charcos y en los ojos de la gente. El sol tranquilo en los muros de piedra henchidos de humedad brilla con una intensidad que el verano no alcanza a imitar. Y todo entonces es un cristal muy puro lleno de un fulgor que parece haber sido traído desde Oriente. Un aire gélido que lo vuelve todo más real y más neto, incluso más extraño.
Un sol que deslumbra y calienta
Es un sol que deslumbra y calienta la atmósfera y los cuerpos. Nos regala ese calor honesto que uno siente en la espalda cuando va paseando por un lugar soleado. Ese sol representa la victoria efímera de la luz sobre el frío. Entonces el vapor empieza a levantarse y a desprenderse despacio de los tejados húmedos, de los prados y del tronco blanco de los chopos que hay cerca de un río, formando una neblina lánguida, baja, dorada y cinematográfica, una exhalación que evoca la respiración de la tierra.
No es un sol que llegue con prisa o con promesas, sino que parece como si pidiera permiso. No invade, sino que se posa. No irrumpe, pero insiste. Es un sol que sabe esperar. No quema, no hiere, no exige nada a cambio. Se limita a estar. A quedarse entre nosotros un poco más cada día. A enseñarnos que la luz es también una forma sublime de paciencia.
Atardece temprano con una elegancia melancólica que se nos mete en el alma, se va como una visita muy bien educada que no quiere molestar, obligándonos a mirar con más atención lo que nos rodea
En el interior de las casas y en las cosas pequeñas se nota mejor esa manera que tiene el sol de comportarse. En la mesa de formica, junto a la ventana de la cocina, deja un rectángulo nítido de claridad preciosa, como si alguien del más allá hubiera colocado con cuidado un mantel inasible. Y las maderas envejecidas de las casas de campo recuperan las vetas que el verano borró con su exceso de luz. Y en los vasos de agua se convierte en esa auténtica transparencia que solo Velázquez supo plasmar al óleo.
Se asoma a los umbrales
El sol de invierno se asoma a los umbrales de las habitaciones, llega lentísimo hasta los bordes de los muebles y deja su color de oro pálido sobre las alfombras y los lomos de los libros, se detiene en las manos de quien lee. Yo lo recuerdo así: detenido en las manos muy viejas de mi abuelo, que leía todos los días el periódico. Se detenía allí como si conociera el cansancio y la minuciosidad humana. El sol tranquilo del invierno calienta las casas con educación y las estancias van absorbiendo ese calor lentamente. Esa es una de las cosas más lentamente dulces que conozco. Es una lentitud parecida a un beso muy despacio en la boca. Una lentitud como la del cuerpo que sale de una enfermedad larga.
Y en los secanos, los almendros desnudos proyectan apenas una sombra fina sobre el suelo y parecen recién lavados. Las sombras del invierno son largas, espesas, pensativas. Resisten como recuerdos antiguos. Hay algo honesto en esa resistencia que el sol pretende vencer y casi nunca puede, salvo en los almendros.
Siempre vuelve
Y en los pueblos, el sol se aloja muy bien en las plazas pequeñas, en las fachadas orientadas al sur, y se convierte en un espectáculo en sí mismo que las personas que se han acostumbrado a no pedir milagros a veces se sientan a mirar. Pero ese sol cae pronto. Se marcha antes de tiempo y tiñe los cielos y las tapias de un rosa pálido o un naranja metálico. Atardece temprano con una elegancia melancólica que se nos mete en el alma, se va como una visita muy bien educada que no quiere molestar, obligándonos a mirar con más atención lo que nos rodea.
Pero siempre nos deja esa promesa inmensa que no sabemos valorar, la promesa de que al día siguiente volverá. El sol siempre vuelve. Hasta el día de hoy ha sido así. La promesa de que regresará más sólido y un poco más alto. La promesa de que traerá más calor para que todo sea, para que las cosas y la vida sigan siendo siempre lo que son, lo que serán y fueron.
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