Opinión | Grullas de papel
Bajo las aguas hay catedrales sumergidas

El escultor ciego, por José Ribera, 1632. / Museo del Prado
La isla de los lotófagos
Cuando Ulises desembarcó en aquella isla, recibió relatos inquietantes de los miembros de su tripulación que habían sido los primeros en ir de avanzada. La isla estaba habitada, de eso no había duda alguna. Su aspecto era agradable, buena costa en la que un barco podía ponerse a buen recaudo durante los temporales; puntos de agua dulce y vegetación, lo que hacía pensar que sus tierras fueran feraces. Sus habitantes no habían levantado más que unas pobres chozas, ni siquiera se habían movido cuando los extraños guerreros, supervivientes de más de diez años de guerra, desembarcaron. Nadie había ido a ofrecerles los dones de la hospitalidad, tampoco les habían atacado a traición para emboscarse después, y nadie había salido huyendo.
Los naturales de aquella región pasaban las horas a la sombra de ciertos árboles, de los cuales colgaban frutos que debían de ser extraordinariamente deliciosos, pues llevárselos a la boca y quedar invadidos por una aniquiladora felicidad era todo uno. Como el ir y venir de las olas del mar desgasta los poderosos acantilados, que en una concentrada labor de milenios quedan reducidos a la nada, así quedaba la mente sin recuerdos de aquellos isleños, comedores del funesto loto. A viva fuerza arrancó Ulises a sus exploradores de aquella trampa mortal cuando ya ingerían los frutos del goce, aniquiladores de la razón, devastadores de la memoria. Hubieran quedado convertidos en sombras del Infierno, sordas y ciegas, sin recuerdos ni aliento, aun cuando no hubieran abandonado esta vida ni caído en las oscuras cavernas del Hades. En la isla todos arrastraban esta vacua existencia.
Las aguas vinosas del ponto recibieron a los fugitivos de la isla en su precipitada huida. Durante un tiempo todavía les fue permitido percibir, conscientes, la llegada de la muerte cuando les cumpliera la hora, escuchar serenamente sus pasos y confrontar su rostro con los ojos aún abiertos por última vez.
El velo descorrido
En 1975 los comandantes Stafford y Léonov acoplaron sus naves Apolo y Soyuz en el espacio. Fue un gran logro pues estas no habían sido diseñadas para unirse y no fue fácil vencer las dificultades técnicas. Representaban a naciones enfrentadas cuyos gobiernos daban por hecho que algún día podría estallar entre ellos una guerra devastadora, únicamente evitada por la certeza de una ausencia total de supervivientes en cualquiera de los dos bandos al final de la contienda.
La humanidad nunca fue tan titánica como en aquel momento. Stafford provocó un eclipse artificial para que la nave soviética pudiera estudiar la corona solar. Aquellos hijos de Prometeo, capaces de liberar la energía de una estrella en la Tierra, podían igualmente mandar al sol del cielo que oscureciera y contemplar aquello que nadie más hubiera tenido poder para ver.
El tapiz
La realidad está construida a base de hilos delicadamente entrelazados. Es un prodigioso tapiz que de lejos no delata su compleja urdimbre. Si nos acercamos y contemplamos fijamente, con atención, cada uno de sus trazos, diseños y colores, de repente miles de matices, miles de elementos entran por el balcón de los ojos buscando las habitaciones en donde se encierra nuestra razón, la llaman como si fueran golondrinas de primavera que piaran al colgar sus nidos bajo nuestros aleros.
La herencia persistente
Cuando Maximiliano Rubín, tan débil como atormentado, contempla al hijo recién nacido que su esposa, Fortunata, ha tenido de su amante, un hombre de alma vanidosa, un ser frío llamado Juanito de Santa Cruz, su mirada se vuelve más triste, más profundamente melancólica de lo que había estado hasta entonces. Su maltratado cerebro, su razón averiada y enloquecida le habían concedido una tregua, y durante ese momento en el que el cielo de su mente se había despejado, quiere hablar con su esposa.
Fortunata está muy enferma, en un último acto de redención o de generosidad dará el niño a Jacinta, la estéril, la mujer yerma, sedienta de maternidad. Pero aún ha de escuchar cómo la escuálida figura de su marido lanza una sentencia fatal contra ella. El niño es, sin lugar a dudas, el retrato fiel de su padre.
—Lleva el rostro de tu verdugo.
Nadie como Galdós podía ver con tanta precisión a través de la urdimbre del tapiz, saber qué había detrás de las figuras, de las alegorías, de los adornos; descender a los detalles mínimos de la cara oculta de la tela y que constituyen el cauce eternamente cambiante de la realidad, heterogéneo y variable en medio de la corriente.

'El escultor ciego', por José Ribera, 1632. / Museo del Prado
La mano sobre los ojos
Edipo se cegó a sí mismo para no seguir viendo la realidad que le hería. Dicen que la Justicia, que es sagrada, se representa con una venda sobre los ojos, pero también la Sinagoga, a la que acusaron de deicida.
—El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve (Antonio Machado). Por eso Ulises también cegó al Cíclope.
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