Opinión | Mamá está que se sale
Como las demás
Nunca pensé que detrás del nombre de Charles de Gaulle hubiese una historia humana tan bonita y tan triste al mismo tiempo. Este hombre, que pasó a la historia por ser el héroe de la Resistencia francesa en la II Guerra Mundial, era también un padre de familia amoroso y sensible. Su verdadera talla —o su verdadera batalla, mejor dicho— se midió en el seno de su hogar.
La menor de sus hijos, Anne, nació con síndrome de Down. En aquella época de prejuicios (que hoy sabemos fruto de la ignorancia), cualquier otra familia hubiese pensado que el mejor destino para su hija sería una de aquellas instituciones monstruosas de la época. Lejos de eso, los De Gaulle criaron a Anne como a una más. Con su singularidad, sí, pero ante todo como una hija de la familia.
Charles de Gaulle vivía con auténtico sufrimiento cada vez que le insinuaban, o directamente le decían, que su hija no era «como las demás», como si tenerla en casa fuese una aberración. Gracias a Dios, este hombre e Yvonne, su mujer, tenían criterio propio e hicieron lo que creyeron conveniente sin dejarse llevar por opiniones ajenas.
Es más: conocer esa realidad de cerca les hizo conscientes de la necesidad de que otras niñas que, como su hija, eran diferentes, tuvieran un lugar en el que fueran atendidas con cariño y dignidad. Así crearon la Fundación Anne de Gaulle, una institución para acoger a niñas que no eran «como las demás» y que, por cierto, sigue en marcha en la actualidad.
Por lo visto, el general De Gaulle solía sentarse en el suelo con su hija para cantar canciones y contarle cuentos. Era feliz dándole cariño y recibiéndolo a cambio. La llamaba «mi alegría», y no era una frase hecha. No en vano, Anne desconocía por completo su faceta de general; no sabía nada de la Resistencia ni de la guerra, y quería a su papá sencillamente por ser quien jugaba con ella.
De Gaulle no solo fue un visionario que transformó Europa, sino también un pionero que supo ver la dignidad humana donde otros solo veían «diferencias». Fue un adelantado a su tiempo que entendió que el valor de una persona es intrínseco: no depende de lo guapos que seamos o de lo que produzcamos, sino que tenemos valor por nosotros mismos, por lo que llevamos dentro.
Cuando Anne falleció, De Gaulle dijo que entonces, con su muerte, ya era «como las demás». La muerte no hace distinciones. Lo decía con la amargura de quien había pasado toda la vida viendo cómo señalaban las diferencias de su hija. Ahora, por fin, ya era igual a las otras. La muerte niveló lo que la sociedad veía distinto.
Ha pasado mucho tiempo y se ha avanzado mucho, pero siguen faltando esas «gafas» para ver, como decía El Principito, lo esencial, que solo se ve con el corazón.
A su muerte, De Gaulle quiso ser enterrado junto a su hija en su pueblecito. Quizá era consciente de que su mayor victoria no fue política ni militar, sino la de preservar la dignidad de su hija frente a quienes solo fueron capaces de ver lo diferente.
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