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Opinión | BOULEVARD FLANDRIN

El tercer domicilio

Hay una edad en la que uno empieza a echar de menos a gente que apenas conoce. Supongo que hacerse mayor tiene bastante que ver con eso. A mí me ocurre con un hombre de la gasolinera, al que llevo años saludando sin saber cómo se llama. No sé si tiene hijos o si cena tarde, si vive con una parte de su cerebro en la fachosfera. No sabría reconocer su voz en una habitación, pero sí notaría su ausencia por la mañana. Cuando no está, algo se mueve de sitio. Lo justo para que el día empiece raro.

Uno descubre que la intimidad no siempre se construye con confidencias ni con nombres. A veces se hace con repeticiones. El camarero que no sabe quién eres, pero ya distingue tu cara de lunes. La mujer que pasea al perro como si también llevara de la correa el resto del día. La costumbre la vamos colonizando poco a poco. Va poniendo sus cosas en una esquina del tiempo y, cuando uno quiere darse cuenta ya formamos parte de su paisaje. Hay personas de las que no sabemos casi nada y, sin embargo, sostienen una parte del mundo.

Pensé que el trayecto al trabajo era solo eso: un trámite. Media hora amputada del día. Ahora sospecho que no. También es un lugar. Mi tercer domicilio. No figura en ningún padrón, no tiene puerta ni ventanas ni mesa, pero se acaba metiendo en el carácter. Uno entra en él de noche y sale un rato después un poco menos dueño de sí mismo. De tanto pasar por ahí, el camino acaba cogiéndole a uno el pulso.

Antes, ese tiempo tenía otra textura. En París intentaba aprender francés en el metro y muchas veces acababa haciendo otra cosa: mirar a la gente como quien hojea Vidas imaginarias, de Marcel Schwob. A veces la ciudad entera parecía ordenarse según esos estados de ánimo móviles, secretos, atmosféricos, que uno recuerda de Las ciudades invisibles, de Italo Calvino. En Londres, camino de Waterloo, me bastaba un abrigo correcto o una espalda en tensión para inventarle a alguien una biografía. Ahora, cuando paso junto a una explanada de coches desguazados, ya no imagino tanto el mundo de los otros como los restos del nuestro.

Aquello no parecía un montón de chatarra. Parecía una memoria puesta al sol. Un cementerio de fidelidades automovilísticas. Un osario de vidas portátiles. Arena en la alfombrilla. Sillita infantil. Un ambientador agotado. Peajes. Veranos con las ventanillas bajadas. Un niño dormido atrás. La compra del sábado. El regreso de un domingo por la noche. Por eso impresiona tanto un coche abierto en canal: porque uno no ve solo mecánica vencida, ve intimidad desarmada.

Por eso tampoco es que haya tanta distancia entre ese paisaje y nosotros. La ciudad nos afila. Primero te aparta del centro con el precio de la vivienda y luego te cobra esa expulsión en tiempo, gasolina, aparcamiento y un concilio de impaciencias sobre el asfalto maltratado. Aquí seguimos, moviéndonos mucho para llegar un poco más tarde a nosotros mismos. Uno se quita los zapatos, deja las llaves, responde cualquier cosa y entiende que no es solo la cruz del trabajo. Era también el camino que tramamos a diario.

Por eso sigo saludando al hombre de la gasolinera. No porque ese gesto vaya a arreglar nada, sino porque en ese saludo sobrevive algo que el día no ha conseguido requisarnos. Uno se aferra a esas minucias para que la costumbre no nos falsifique del todo la cuenta a pagar y acabemos tomando por casa este tercer domicilio, donde cada día dejamos algo de nosotros.

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