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Opinión | +MUJERES

Mujeres iraníes II

Mujeres iraníes en Teheran

Mujeres iraníes en Teheran / Hasan Sarbakhshian

De pronto, algunas representantes de derecha y ultraderecha españolas parecen haber descubierto el feminismo. Declaran tener una gran preocupación por la represión, el castigo, e incluso el asesinato que padecen mujeres iraníes por parte la fanática dictadura de los ayatolás. Bienvenidas sean, nada que reprocharles, a no ser que este hecho les sirva exclusivamente como excusa para justificar la intolerable guerra que han desatado unilateralmente Trump y Netanyahu al margen de toda legalidad internacional, poniendo en jaque a todo el planeta.

Estos conversos de las causas feministas recriminan a la izquierda, y a Sánchez, por supuesto, que lo del «No a la guerra» es muy bonito, a la par que ingenuo y propio del buenismo progre, tachando de vergonzante la posición de quienes rechazamos el conflicto bélico, acusándonos de ignorar el sufrimiento de las mujeres sometidas a la ley islámica, abandonando a esas mujeres a su suerte; presentando paralelamente la agresión bélica como una justificada actuación «liberalizadora» de la mujer iraní. Pero, curiosamente se olvidan del resto de mujeres oprimidas por el fanatismo —no solo religioso— en otros muchos lugares del planeta, y también en el propio golfo pérsico, no lo olvidemos.

Europa, occidente, ha venido tolerando la violación de derechos humanos en muchas partes del mundo, y especialmente los que afectan a las mujeres, sin hacer prácticamente nada más allá de grandilocuentes declaraciones de apoyo más simbólicas que prácticas. En lugares como Afganistán, por ejemplo, se tolera que su reciente Código Penal legalice la violencia machista que permite que los hombres golpeen a sus esposas e hijos siempre y cuando no dejen rastro con heridas visibles o fracturas, con llamativas sanciones de hasta 15 días de cárcel por fracturar el brazo a una mujer, que contrasta con los cinco meses que se imponen por maltratar a un camello.

La violencia contra las mujeres es una permanente violación global de derechos humanos que afecta a una de cada tres mujeres a escala mundial. No se circunscribe a un determinado territorio, etnia o religión, se trata de una violencia transversal que solo la lucha feminista será capaz de atajar.

Aun así, los postureos estéticos y la propaganda de sectores conservadores de la sociedad pretenden sacar partido de la lucha feminista cuando la coyuntura política lo aconseja. Sin ir más lejos, la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid, hace unos días, convocó un acto conjunto en conmemoración del 8 de marzo para homenajear, premiar y agasajar a las mujeres iraníes. Nada que objetar, si no fuera por la manipulación de un acto al que asistieron mujeres iraníes exiliadas a mayor gloria de Isabel Díaz Ayuso, erigida en auténtica protagonista del acto que derivó, como ya es habitual, en obsesiva campaña antisanchista, buena muestra del verdadero interés del acto y de la manipulación y frivolidad con que se utiliza el sufrimiento de las mujeres, en este caso iraníes, en mitad de la grave y dramática situación geopolítica en la que vivimos.

Pero si de ello se trata, hagamos un repaso de la aterradora situación de las mujeres en Irán. El régimen islámico iraní se instauró en 1979 cuando el Ayatolá Jomeini llegó al poder después de que EE UU abandonara a su protegido Sah Reza Pahlevi, perpetuando desde entonces el poder de los clérigos, instaurando un régimen radical islámico especialmente agresivo con la mujer, que tiene el deber de observar normas estrictas de absoluta sumisión y dependencia del hombre y el deber de hacer uso obligatorio del hiyab (velo) y vigilancia de comportamiento acorde a la moralidad islámica, cuyo incumplimiento puede derivar en graves sanciones penales. La vigilancia y control del cumplimiento de estas normas está a cargo de cuerpos policiales especiales; las disposiciones en asuntos legales de matrimonio, divorcio y custodia ignoran prácticamente a la mujer; se imponen restricciones a la movilidad y autonomía personal: la mujer casada requiere autorización de su esposo para múltiples trámites como el pasaporte, salir del país, asistir a eventos deportivos en estadios, o matricularse en la Universidad; además, están expulsadas de la cúspide del poder político: si bien las mujeres pueden ocupar escaños parlamentarios y otros cargos administrativos, su participación en los niveles más altos de decisión ha sido expresamente cercenada.

En 2022, la muerte de Mahsa Amini tras ser detenida por presuntas faltas al código de vestimenta por no llevar colocado adecuadamente el velo, generó importantes protestas nacionales e internacionales. Surgieron campañas contra el uso obligatorio del velo islámico o en favor de reformas legales que derivaron en múltiples detenciones y procesos judiciales contra activistas. La represión no se vio afectada y continuó con el máximo rigor.

La situación empeoró con la llegada al poder del presidente conservador Ebrahim Raisi, un fiel seguidor del ayatolá Ali Jamenei. Este período ha sido descrito como un nuevo ‘reinado del terror’ por los grupos de derechos humanos, marcado especialmente por una represión contra los derechos de las mujeres. El castigo por dejarse ver sin velo en público puede suponer detención, pena de prisión, multa e, incluso, flagelación. Las mujeres, como protesta, publicaron vídeos de sí mismas quitándose el hiyab en público. El lema «Mujeres, Vida, Libertad» ha sido el eje de levantamientos contra décadas de opresión de género, represión política y violencia estatal.

Las protestas han trascendido las fronteras de Irán, recibiendo el apoyo de mujeres y hombres de todo el mundo y situando la lucha de las mujeres en el centro del debate internacional de derechos humanos. Pero este activismo no ha sido suficiente. La respuesta a la insurrección se ha hecho a través de campañas, como el Plan Noor, en 2024, intensificando la represión y el poder de la llamada Policía de la Moral y la violencia estatal contra las mujeres y las niñas. El episodio de protestas de los recientes meses de enero y febrero se ha saldado, según cálculos de organizaciones internacionales de derechos humanos, con miles de muertos, la mayoría jóvenes universitarios.

Es en este contexto donde la derecha feminista ha encontrado fundamento para apoyar la guerra desatada en Irán, aprovechando que la población iraní exiliada mira las bombas de Trump y Netanyahu con esperanza de que se produzca el tan deseado cambio de régimen. De hecho la activista iraní, Nilufar Saberi ha lanzado en Madrid una crítica directa a la postura de España a este ataque «Estamos dispuestas, no desde la alegría sino desde el desamparo, a que caigan bombas que van contra nuestros verdugos, aunque puedan matar también a nuestras familias.»

No les falta razón en lo que manifiestan. Las mujeres, no solo las iraníes, vienen luchando durante décadas solicitando ayuda internacional y se han topado con la inacción y el silencio cómplice. Aun así, no se puede tolerar que cualquier país pueda emprender una guerra de imprevisibles consecuencias, sin atender la legalidad internacional. La guerra, la muerte, nunca es una solución, lo que no quiere decir que no se deban emprender acciones firmes del conjunto de la comunidad internacional que permita acabar con los regímenes que no respetan los derechos humanos como es el caso de Irán.

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