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Opinión | NOTICIAS DEL ANTROPOCENO

Cuando el lobo dio la cara

La dictadura cubana encontró la mejor coartada para ocultar su incompetencia en el llamado ‘bloqueo’ de Estados Unidos. Un bloqueo que solo existió históricamente en los días de la crisis de los misiles (a los buques rusos que abastecían a La Habana de armas) y desde hace tres meses en los que Trump ha conseguido parar con presiones los envíos de petróleo venezolano y mexicano a la isla caribeña. Al final, de tanto avisar que venía el lobo, los dictadores cubanos se han encontrado al lobo de verdad. Y, por supuesto, se han puesto a conversar con él intentando disuadirlo de que se los coma.

Y es que el problema de Cuba nunca ha sido un bloqueo inexistente, deliberadamente confundido con un embargo parcial. El problema del régimen cubano es que, investido de la mística guerrillera de su origen, nunca se permitió el más mínimo pragmatismo económico. En vez de eso, encontraron más conveniente mantener la imagen de marca de un socialismo totalitario que prestaba legitimidad izquierdista a donantes de petróleo como la Venezuela chavista o el Méjico de AMLO. A cambio de la pátina izquierdista que les proporcionaba la relación con Cuba, ambos regímenes vendían un supuesto izquierdismo a los bobalicones de la progresía occidental. Eso sí, con el apoyo de políticos presuntamente corruptos como Rodríguez Zapatero o tontos útiles como Pedro Sánchez.

Ahora resulta que el rey estaba desnudo, y el régimen castrista ha tenido que reconocer que no puede alimentar, alumbrar o curar a su población y está en vías de rendición completa a su tradicional enemigo. Ya no le sirve mantener a la población tan empobrecida que no tenga tiempo ni energías para rebelarse, ocupada en sobrevivir hasta el siguiente día.

Ha bastado que se acaben las dádivas de venezolanos y mejicanos para mostrar al mundo la imagen de la incompetencia de los Castro y sus herederos en el poder. Tanto se habían ocupado en reprimir a la población para que no se alzara en su contra, que se olvidaron de proporcionarle un mínimo bienestar por cuenta propia y no de la mano de sus patrocinadores foráneos. Deshecho el hechizo comunista, la tramoya es evidente.

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