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Opinión | De dioses y de hombres

Luz femenina medieval

Hildegarda de Bingen.

Hildegarda de Bingen. / L.O.

En esta sección hemos ido hablando de la labor de algunos hombres y mujeres ‘gigantes’ que han llenado de luz, con su vida y ejemplo, el tiempo en el que vivieron. En la mayoría de ocasiones, han iluminado no sólo su propio marco temporal, sino que su estela se ha dilatado, largamente, en los siglos siguientes influyendo en diferentes artistas y pensadores. Conocido es que las mujeres lo han tenido mucho más difícil para su reconocimiento en los campos de las artes y las ciencias. Muchas fueron excluidas directamente de la posibilidad de la educación (recordar aquí la labor y denuncia de la humanista Christine de Pisan, en el siglo XV, a la que dedicamos hace meses un artículo) y, otras que sí tuvieron acceso a ésta, estuvieron siempre juzgadas y eclipsadas por las ideas imperantes en un mundo mayoritariamente masculino. Esta ha sido, en líneas generales, la tónica dominante en nuestro mundo occidental hasta no hace demasiado tiempo. Por tanto, plantear, en el periodo medieval europeo, la posibilidad de una ‘mujer científica’ o intelectual puede parecer, simplemente, imposible. Sin embargo, algunas excepciones hubo, y entre ellas destaca notablemente una mujer única, una mujer con una fuerza y legado inauditos. En el año 1098, en el valle del Rin, actual Alemania, décima hija de una noble familia, nació Hildegarda de Bingen. Posiblemente, para la mayoría de ustedes su nombre no les sea familiar; pero, sin lugar a dudas, es una de las mujeres más célebres e interesantes de la plena Edad Media. Su nombre volvió a resonar con fuerza cuando, en 2012, el papa Benedicto XVI la proclamó santa y doctora de la Iglesia.

Más de ochocientos años después de su fallecimiento, sigue destacando la inteligencia, modernidad y capacidad de esta mujer sin par. El amplio espectro de sus inquietudes y cualidades sorprende. La novedad de muchos de sus estudios es apabullante y los acerca, con creces, a lo contemporáneo. Entre su producción podemos encontrar obras teológicas, medicinales, botánicas y numerosas cartas que testimonian su intensa vida y su tiempo convulso (mantuvo una frecuente correspondencia con algunas de las personas más célebres de su época como, por ejemplo, Bernardo de Claraval). Pero también es muy destacable en su biografía la composición de numerosas piezas musicales, destacando sus cantos melismáticos que variaban y enriquecían el canto gregoriano. A la santa del Rin debemos el drama litúrgico más antiguo conservado: el 'Ordo Virtutum', con música y letra de nuestra intelectual. Hildegarda se acercó al mundo de la medicina y de la ciencia de una forma asombrosa. Sus tratados 'Physica' y 'Causae et Curae' indagaron en las propiedades curativas de numerosas plantas y en la relación de las enfermedades del cuerpo con las del espíritu. Sus propuestas medievales se adelantaron a corrientes muy vigentes hoy en día en las que se plantea una visión holística del ser humano, donde lo físico y lo ‘intangible’ van unidos para una correcta salud. Sus estudios sobre el lúpulo para la fabricación de la cerveza fueron influyentes y decisivos, algo que ayudó bastante para la conservación de esta conocida bebida. A esta mujer, monja y abadesa benedictina, se le debe, también, la primera descripción del orgasmo femenino de la que se tiene constancia. Igualmente, son importantes sus estudios sobre la menstruación en la mujer que trataban de desterrar las connotaciones negativas que a este ciclo físico se concedían. También tuvo numerosas visiones proféticas, de ahí el sobrenombre con el que a veces se la menciona: la ‘Sibila del Rin’. Fue una de las primeras mujeres que fundó un monasterio femenino, tras numerosos conflictos y con el apoyo final del arzobispo de Maguncia, independiente de superiores masculinos. De esta forma, en 1148, funda en la colina de San Ruperto su primer convento, unos años después fundaría otro más. El propio emperador Federico I Barbarroja, fascinado por su personalidad y visiones, pidió conocerla. Fruto de ese encuentro se desarrollaría una fuerte amistad de la que es testimonio la correspondencia entre ambos y que obtuvo como fruto la protección imperial sobre la abadía de Hildergarda. Desarrolló una esencial labor como predicadora (algo impensable para una mujer de la época), denunciando especialmente la corrupción del clero.

Hildergarda de Bingen funde en su persona misticismo y ciencia; música, medicina y filosofía. Tras ochenta y un años plenos moriría esta mujer grande (y eso que fue siempre una niña enfermiza). En estos tiempos llenos de demagogia, en los que hablamos muchas veces desde el odio y el desconocimiento, es bueno recordar la figura de esta alemana universal que supo ver más allá de su limitado entorno, alumbrando, con palabras y actos, a los hombres y mujeres venideros.

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