Opinión | Boulevard Flandrin
Paco Rabal, cien años antes o después
A Paco no le convenía el mármol, sino el polvo. El de Cuesta de Gos, al sur de la Almenara, donde la ventolera juega con la lavanda y la albarda y perfuma esas lomas secas como si el paisaje quisiera echarse colonia para recibir a sus muertos. Quizá por eso sus cenizas buscaron la sombra de un almendro. Hay hombres a quienes, hasta el final, les sienta mejor una colina áspera que una estatua.
Para entenderlo, cien años antes o cien años después, no conviene empezar por el cine -o no solo-, sino por la pobreza. Por la manera en que, en este sur, aquella generación aprendió a caminar sacudiéndose el hambre. Un sur donde la vida tenía algo de cante hondo: áspera, orgullosa, con esa música lenta que nace de la tierra y de la fatiga.
Antes de ser actor fue un zagal criado allí donde los días fermentaban en la tinaja de la vida, antes de que a los pobres les diera tiempo a tener infancia. Hay miradas que parecen traer dentro una música antigua. La suya llevaba algo de minera: esa gravedad del sur que no necesita levantar la voz para hacerse oír.
Luego vino Madrid, que Umbral entendió como un género literario. Rabal llegó con la autoridad de esos hombres a quienes la vida les escribe primero la cara y solo después les concede la voz. No tenía garganta: tenía una cantera virgen. Y quizá por eso no parecía impostar una voz, sino traerla de lejos, con la piedra todavía colgando de ese sureste castigado. El cine después no tuvo que inventarlo. Bastó con encuadrarlo y dejar que rebosara sin que lo pudieran domar.
No era grande por lo que hacía con los personajes, sino por lo que les dejaba dentro: vida usada, cansancio, una verdad que no había pasado por peluquería. A veces creemos que un actor se hace en los escenarios, cuando algunos llegan a ellos ya hechos por la pobreza, por la guerra.
En Azarías, en Buñuel, en aquel Goya en Burdeos, comparecía algo más que un talento extraordinario. Comparecía una España subterránea, con camisa sudada, ternura bronca y orgullo de clase.
Luego vino la leyenda. Pero el principio estaba antes. Y conviene no olvidarlo, sobre todo en un país tan dado a peinar a sus salvajes cuando ya no pueden desordenarnos la mesa. Paco Rabal fue uno de ellos. Por eso no cambiaba de piel: dejaba que la piel hablara.
En el centro de toda esa vida estaba la guerra. Dijo que era lo único que querría olvidar. Pero la guerra no termina cuando callan los cañones, sino cuando uno consigue ventilar el miedo, y casi nadie lo consigue del todo.
Hay quien habla de la guerra como quien mira un mapa de Warhammer. Otros la recuerdan como se recuerda una cocina en la que falta una silla. A veces una silla vacía explica mejor el siglo que muchas cumbres. Por eso hoy, cuando la guerra vuelve a presentarse, uno lo imagina mirando la mesa, deteniéndose un instante en las sillas vacías, en esas cenas que ya no se darán en Gaza o en Irán.
Y siembre con Asunción Balaguer, la costura secreta que impedía que tanta intemperie se viniera abajo: el vaso de agua en la mesilla de un hombre con demasiada sed de mundo. Y ayer también se nos moría Raúl del Pozo, otro fakir de la palabra. Quizá lo peor no sea la barbarie, que siempre encuentra coartadas, sino la facilidad con que terminamos acostumbrándonos a dar por buenas las mentiras que inventamos para creernos todo este drama. Ahí empieza la derrota: cuando lo insoportable deja de parecernos insoportable. No a la guerra.
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