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Opinión | Noticias del antropoceno

El Cojo Manteca

Algunos se acordarán de un personaje que se hizo tristemente popular en los años ochenta, al golpear ferozmente con su muleta una farola en una escena oportunamente filmada por una cámara de televisión. No recuerdo el motivo de la la protesta callejera que acabó lanzando a la fama al Cojo Manteca, como se conoció popularmente al personaje. Supongo que tenía algo que ver con la reconversión industrial a la que obligó nuestra entrada en la entonces llamada Comunidad Europea. Casi todo el mundo interpretó la escena como un despreciable atentado a la propiedad pública.

Del Cojo Manteca nunca más se supo, pero para mi generación ha seguido siendo el símbolo de alguien que se rebela contra su condición de discapacidad física arremetiendo con rabia con todo lo que se le ponga por delante, aunque sea una humilde farola. Los más compasivos del lugar quisieron encontrar una cierta disculpa a su comportamiento precisamente por su condición de discapacitado. Un sentimiento que probablemente enojaría aún más al personaje.

La historia del Cojo Manteca me ha venido a la memoria al ver la película Sorda, una más que meritoria producción murciana de una directora y su hermana actriz que se ha llevado nada menos que tres premios Goya. Y digo que la película me ha recordado la historia del Cojo Manteca al ver cómo la protagonista del film destila bilis hacia todos los que la rodean, empezando por sus padres y terminando por su marido y su propia hija. La excepción son sus amigos sordos, los únicos con los que tiene una relación cordial. Incluso el texto promocional de la película destaca el papel de víctima de la protagonista. La idea que quiere transmitir la historia queda tan clara como una patena, otra cosa es si la experiencia de pasar un tan mal rato contemplando la rabia descontrolada del personaje en cuestión, estupendamente interpretado por la actriz protagonista, le merece la pena a alguien. Yo personalmente no pude llegar al final. Me quedé en la escena en la que recrimina al marido el estar enseñando a entender el lenguaje hablado a la hija de ambos. Sinceramente, no tengo el estómago preparado para digerir tanta mala leche.

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