Opinión | Desde mi picoesquina
Irán, una víctima más de la geoestrategia imperial

Un barrendero camina por delante del Depósito de Petróleo de Teherán, atacado por Israel. / EFE
La guerra de Israel y EE UU contra la República Islámica de Irán, con una Unión Europea (UE) sumisa a los dictados de Washington, nos retrotrae a la decisión del ‘Trío de las Azores’ (George W. Bush, Tony Blair, José M. Aznar) de atacar a Iraq en 2003, esgrimiendo como falsa motivación la posesión por ese país de armas de destrucción masiva. En esta ocasión, Donald Trump ha justificado la agresión a Irán —que no cuenta con la aprobación del Congreso de EE UU ni de la ONU—, tanto por la existencia de misiles de largo alcance iraníes que amenazarían a EE UU e Israel, como por el desarrollo por estos del arma nuclear, cosa que tanto los servicios de inteligencia estadounidenses como el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) han desmentido.
Doble vara de medir: se criminaliza la intervención rusa en Ucrania y se habla del derecho de legítima defensa del pueblo ucraniano; pero, en el caso de Iraq, una violación flagrante del Derecho Internacional, no solo se legitima la agresión israelí y estadounidense, sino que se niega a los iraníes su derecho a esa legítima defensa.
Donald Trump ha roto la promesa expresada a los integrantes del grupo MAGA (’Make America Great Again’) de no iniciar «aventuras bélicas» en el exterior. Pero se ha quitado la máscara: los ataques combinados lanzados por EE UU e Israel contra Irán y el Líbano tienen varios objetivos: 1) la decapitación del gobierno de la República islámica; 2) la fragmentación de la región en entidades pequeñas, débiles, sin autonomía y gobernadas por fuerzas proocidentales, con lo que se garantizaría el afianzamiento del Estado judío como «Estado gendarme» en Oriente Próximo (muchos analistas, sin embargo, consideran que realmente es el lobby judío quien condiciona la política exterior de EEUU); y 3) el refuerzo del flujo mundial de petróleo y gas, marginando y debilitando a China y manteniendo el dólar como moneda de los intercambios. En definitiva, estamos asistiendo a una reedición de una dinámica imperialista, con los ojos puestos en un debilitamiento de Rusia y China y el refuerzo de la hegemonía mundial de EE UU, con un posible reparto de papeles: en Europa, Alemania contra Rusia; en Oriente Próximo, Israel contra Irán, mientras que, en Asia Oriental, EE UU se prepara para una eventual y futura confrontación con China.
EEUU ‘le tenía ganas’ a una Revolución islámica que, a mediados de enero de 1979, derrocó al sha Mohammad Reza Pahlaví, aliado de Occidente y responsable de una durísima represión sobre sus ciudadanos/as. Trump ha afirmado que se ha limitado a hacer lo que nadie ser ha atrevido a ejecutar en estos últimos 47 años. Pero no perdamos de vista que al ‘emperador naranja’ le importa muy poco la democratización del antiguo país de los persas; con seguridad, ha actuado por presiones de Netanyahu, un individuo que practica un sionismo nazi-fascista que exhibe algunas de las características de esas ideologías del primer tercio del siglo XX, a saber: odio racial, con desprecio hacia la población palestina, y, sobre todo, la necesidad de la ampliación de su espacio vital (el lebensraum de Hitler), con la aspiración a la consolidación del Eretz Israel (la Tierra de Israel), desde el Jordán hasta el mar, ocupando Gaza, Cisjordania, y partes del Líbano y Siria.
El momento para golpear a Irán ha sido propicio: la caída de Assad, en Siria, el debilitamiento relativo de las defensas iraníes —tras los ataques recibidos en junio pasado— y de la milicia de Hizbulá en el Líbano, y la destrucción de Gaza. La situación gestada es sumamente preocupante. La legítima defensa empleada por Irán contra sus vecinos árabes, llegando incluso hasta Chipre y Azerbaiyán, puede extender el conflicto no solo al ámbito regional sino a otros escenarios. Si se desplomara el gobierno de los ayatolás, la inestabilidad de Irán, en donde conviven varias minorías, podría convertir a ese histórico país en un Estado fallido más, como ha ocurrido tras las intervenciones norteamericanas en Irak, Afganistán, Líbano, Siria… mientras que la alternativa del retorno de Reza Pahlaví, hijo del sah depuesto, un personaje afincado en EE UU y desconocedor de la realidad de su país, parece concitar pocas adhesiones internas. Está por ver, asimismo, el apoyo que recibiría la alternativa Plan de Diez Puntos para un Gobierno Provisional propuesto por Maryam Rajavi, presidenta electa del Consejo Nacional de la Resistencia Iraní, supervisado y alentado, es de suponer, como en el caso anterior, por la CIA norteamericana.
Y, para terminar, una breve alusión al pacifismo de Pedro Sánchez. Su ‘No a la guerra’, -celebrado apresuradamente por sectores progresistas y de izquierda- y su negativa a la utilización por EE UU de las bases de Rota y Morón debiera haber incluido una valiente y decidida intención de denunciar los acuerdos de Madrid de 1953 (ratificados en 1988), firmados entre España y EE UU un par de meses después del Concordato con el Vaticano (a Eisenhower, iniciada la Guerra Fría, le convenía aprovechar el furibundo anticomunismo de Franco), y a abrir un debate sobre la permanencia de España en la OTAN. Esos acuerdos de Madrid y el Concordato contribuyeron, como es sabido, a blanquear la imagen del dictador.
Concluyo estas líneas con la noticia de que nuestro país se sumerge en zona de guerra, como lo demuestra el envío de dos buques a Chipre, junto al portaaviones francés Charles de Gaulle. En relación con ello, dos cosas: la base aérea Akrotiri, objeto del ataque, no por Irán, sino por milicias de Hizbulá (El plural, 5-3-26) es británica, un país que no es miembro de la UE. Y aunque Chipre es miembro de la OTAN, ni este país ni el Reino Unido han invocado el artículo 5 de la Alianza para pedir ayuda. Ya la portavoz de la Casa Blanca anticipó que España estaba dispuesta a colaborar. Esa presencia de nuestros buques de guerra en el Mediterráneo oriental lo corrobora, en parte. ¿Eso es pacifismo?
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