Opinión | Tribuna libre

Gonzalo Wandosell Fernández de Bobadilla
Procesionista, pregonero de la Semana Santa de Cartagena 2025, decano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y de la Empresa de la UCAM y cronista oficial de La Unión
El brutal coste económico de una guerra sin estrategia

El humo se eleva tras un ataque de Teherán / ABEDIN TAHERKENAREH
El profesor de Harvard Michael Porter advierte de que cualquier empresa, institución, organización o gobierno sin una estrategia —clara y definida— es peligroso, porque es capaz de hacer cualquier cosa.
Esta máxima resuena hoy con fuerza al analizar el ataque iniciado por Estados Unidos e Israel contra Irán. Es inevitable plantearse una pregunta incómoda: ¿responde esta guerra a una visión estratégica a largo plazo o es puro oportunismo táctico? Resulta entendible pensar que se ha iniciado para aprovechar la información de inteligencia que situaba a toda la cúpula iraní en un mismo punto, junto con la necesidad del presidente Trump de asegurar un golpe de efecto ganador de cara a las elecciones legislativas de noviembre. Todo ello sin haber analizado en profundidad, aparentemente, las devastadoras consecuencias a nivel político, social y económico en todo el mundo. Veremos si este osado movimiento no acaba con su presidencia.
También resulta necesario someter a escrutinio la posición del Gobierno español: ¿responde a una profunda reflexión estratégica sobre lo que conviene a los intereses económicos e industriales del país, o está dictada por el titular del día y los intereses micropolíticos del partido que gobierna? El tiempo mostrará si es del todo cierta y hasta cuándo puede mantenerla.
Todos podemos estar de acuerdo en la necesidad de eliminar el sistema opresor iraní, que no ha dudado en masacrar y empobrecer a su propio pueblo mientras dilapidaba sus recursos en desestabilizar a sus vecinos. Pero esa repulsa moral no debe nublar el análisis económico, porque la incertidumbre en un entorno sociopolítico tan inestable es el mayor enemigo de la economía.
Los mercados bursátiles han caído y el riesgo exacerbado ha elevado o anulado las primas de seguro de los barcos que transportan por el Estrecho de Ormuz alrededor del 30% del comercio mundial de crudo y sus derivados, y el 20% del gas licuado, elevando sus precios.
Si la guerra se alarga, algo previsible, este gran shock energético encarecerá la producción global, forzará a los bancos centrales a mantener o subir los tipos de interés, generará repuntes inflacionistas y frenará en seco el crecimiento mundial.
En España el escenario es todavía más peligroso, porque nuestra balanza comercial tiene una dependencia estructural de las importaciones energéticas. Un encarecimiento abrupto del crudo y del gas —el 44% de este último comprado a Estados Unidos— golpea directamente en la línea de flotación de la competitividad de nuestras industrias y fulmina el poder adquisitivo de los hogares españoles.
A ese peaje energético hay que sumar las amenazas directas de Trump por la actitud del Gobierno español, que, aunque son de difícil ejecución al estar incardinados en la Unión Europea, también son imprevisibles, pudiendo afectar de forma importante al empleo generado por las exportaciones españolas y sus inversiones directas en España.
En el caso concreto de la Región de Murcia, el impacto podría ser importante para las 587 empresas que exportaron 568 millones de euros a Estados Unidos en 2025 —aceite, vino, fruta, hortalizas, golosinas, conservas, zumos, envases metálicos, productos químicos, etc.—, y para las 1.507 que importaron 1.293 millones en productos necesarios para sus cadenas productivas. También podría afectar a grandes inversiones ya anunciadas en la región, como las de la multinacional Amazon y las españolas en ese país.
Estas consecuencias para la economía se están produciendo sin la garantía de que la caída del régimen autocrático iraní garantice la consecución de los objetivos perseguidos, sino más bien el caos en la zona, como ya sucedió en Irak, Siria o Libia.
Los líderes políticos, al tomar decisiones con implicaciones potencialmente tan destructivas para el tejido productivo, global y nacional, deberían actuar siempre bajo el prisma de una estrategia de Estado. Jugar a la ruleta con la geopolítica por intereses políticos legítimos, pero estrictamente particulares, es una temeridad que la economía global no puede permitirse a estas alturas.
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